Versión beta

¿Buscas diversión, guapo?

Dan ignoró a la mujer y siguió caminando. El barrio no era especialmente agradable, pero estaba ya más que acostumbrado. Sorteó los montones de escombros que se amontonaban en la banqueta y entró al callejón. Dos jóvenes lo miraron con curiosidad, poniéndose en alerta más por costumbre que por una verdadera necesidad. El más joven se limitó a levantar la mano y a moverla lentamente, de modo que el recién llegado pudiera ver los dedos metálicos moverse con gracia. Dan no pudo evitar una sonrisa. Para el muchacho, era una forma de decir "No te me acerques, que no soy una víctima indefensa". Claro, de este lado de la ciudad, nadie podía serlo, o estabas muerto.

A pesar de su trabajo, Dan se consideraba a sí mismo como una persona ruda. él estaba consciente de todo lo que se decía de su tipo, y realmente no le importaba. Para él, su independiencia era lo más importante, y no estaba dispuesto a perderla sólo por un detalle. Además, el entrar solo a los barrios bajos era probarse a si mismo que los rumores eran falsos, que él no era sólo lo que decían que era.

Dio la vuelta en un recodo del callejón y se encontró con la puerta, tal y como Gretchen le describiera. Para el común de la gente, el intentar comprar algo en esa zona, y sobre todo en un lugar tan apartado y solitario como ese, se equiparaba a un suicidio, pero él no era de las personas que se asustaran con facilidad, además de que existía cierta mercancía que no podías encontrar en la Megalópolis, y sólo en los barrios bajos se podía uno topar con un vendedor como el que él necesitaba.

Empujó la puerta, que se abrió sin oponer resistencia. Una puerta sin asegurar, mala señal. Si en esa zona alguien no tenía cuando menos un par de cerraduras, era porque no tenía miedo a los intrusos. Dan se quedó de pie unos segundos, preguntándose si realmente valdría la pena seguir.

"Al Diablo" se dijo para sus adentros. Había venido hasta los barrios bajos, entró hasta el callejón, y estaba ya en el umbral. Era demasiado tarde para tener consideraciones de ese tipo. Además, había cosas que necesitaba con urgencia, y no podía darse el lujo de dejar pasar más tiempo. Ya lo había resentido demasiado.

El lugar se veía sucio, lleno de telarañas y escombros, nada parecido a los pasillos limpios y antisépticos de las Megalópolis. Al fondo, frente a un escritorio, dos luces rojas se fijaron en él de manera inquisidora. Nunca había sido un experto en robots, pero los Perseus eran tan comunes que no era necesario ser un experto para reconocerlos. No era lo que uno esperaría ver cumpliendo funciones de recepcionista, pero se imaginó que, por el tipo de clientela, no estaría de más.

¿Qué desea? — dijo en el tono metálico y sin entonación característico de ese modelo. Dan se acercó al mostrador y puso uno de sus brazos sobre el mismo, mientras dejaba colgar el otro flácidamente. Ya hacía tiempo que estaba paralizado, pero realmente no le preocupaba que se notara.

Quiero hablar con tu patrón – dijo secamente. Conocía lo suficiente para saber que con un Perseus no se razona, sino que se iba directamente al grano.

Un momento señor – dijo antes de girar su enorme cuerpo sobre su eje. Caminaba bamboleante sobre sus dos cortas piernas, casi como un pingüino. Era una máquina terriblemente lenta, pero con su armadura y la terrible fuerza con la que contaba, realmente no necesitaba ser muy ágil. Un sólo golpe era lo único que ese monstruo necesitaba.

Dan esperó sólo unos cuantos segundos, pues casi de inmediato surgió de otra de las puertas un individuo corpulento, malencarado, vistiendo lo que en otro tiempo fuera una camisa de vestir, ahora ya muy raída y llena de manchas de aceite. Se dirigió hacia él, el robot siguiéndolo a poca distancia.

Buenas noches, soy el dueño... mi empledo me dijo que quería hablar conmigo.

Su empleado. Vaya sentido del humor. Un Perseus de ese modelo era quizá uno de los robots de trabajo más baratos que había en el mercado. Pero a fin de cuentas, cada persona era libre de llamar a sus electrodomésticos como se le viniera en gana.

Mire amigo, estoy buscando un servo-motor para un Pandora. Pero para el modelo beta.

El hombre levantó las cejas en un gesto de incredulidad.

¿Un Pandora? — Creo que se hicieron muy pocos de esos robots. No eran exactamente de trabajo, si sabe a lo que me refiero.

Ya lo sé — dijo Dan con gesto molesto — Fueron hechos como juguetes sexuales, pero dejaron de producirse por ser demasiado caros.

Eso no fue lo que yo oí — dijo el hombre sin cambiar de expresión — se comentó que tuvieron ciertos problemas en cuanto a la programación, que eran demasiado... ¿Cómo le diré? demasiado independientes, cuando menos en la versión beta.

Sí, algo así escuche yo también, pero también dijeron que un Prometheus había comenzado a profetizar el fin del mundo, y que luego había ascendido a los Cielos envuelto en un aura de luz. Si hay algo que hace mucho tiempo aprendí, es a no creer todos los rumores que he oído con respecto a los nuevos modelos de robots.

Bueno pues, vayamos al grano, que no tengo este negocio para conversar. ¿Decía entonces un servo-motor para Pandora? ¿Cuál de todos?

El A-7... con fuerza aumentada.

Está bien, creo que tengo algo como lo que quiere ¿Modelo femenino?

No, masculino.

El hombre lo vio de reojo y se encogió de hombros. A fin de cuentas, él no era nadie para juzgar los hábitos de sus clientes, y si ese sujeto conservaba aún un Pandora, quizá fuera porque le estaba dando algo que no encontraba en las personas reales. Pero cuando menos a él no le interesaba saber qué era "eso" que le resultaba tan interesante.

Sacó una enorme caja de uno de los anaqueles y se puso a buscar con cierta parsimonia. Para Dan resultaba increible imaginar que, entre semajante desorden, fuera posible encontrar la pieza, y más una tan rara. Volteó a ver al Perseus, quien le clavaba los dos puntos rojos en su rostro con curiosidad. A pesar de que su unidad de pensamiento era muy básica, no le sorprendería que él mismo se permitiera algunas reflexiones mientras no tenía necesidad de hacer algún trabajo. Le desagradaba profundamente estar ahí, pero tras de buscar en todos los centros de servicio para robots en las Megalópolis más cercanas, no le quedó más que buscar en el mercado negro, y al parecer, sus expectativas parecían cumplirse.

Tras de unos minutos de búsqueda y de revolver más de diez cajas, el hombre levantó el pequeño aparato y lo puso de golpe en el mostrador.

Muy bien amigo, aquí está, un servo—motor A—7 para un Pandora versión beta... masculino — recalcó la última palabra en una forma de franca acusación — son 130 créditos.

¿Cuánto? Eso es un robo.

Mire, puede llevárselo si quiere. Si no, puede ver si lo encuentra más barato en algún otro lado.

Dan refunfuñó para sus adentros, pero sabía que estaba atrapado. Sacó de su bolsillo varias pequeñas piezas de plástico, y las dejó caer en el mostrador con aire molesto.

El hombre lo miró con cierta molestia, a pesar de estar más que acostumbrado a ese tipo de trato. Pasó el brazo por el mostrador rápidamente y jaló el efectivo hacia él, recogiéndolo con el faldón de la camisa. Tras de un recuento rápido con la vista, puso el pequeño aparato sobre el mismo, viéndolo a los ojos con aire divertido.

Aquí está amigo, y espero que disfrute mucho a su Pandora — dejó en su rostro una sonrisa sarcástica, que para Dan no resultó nada graciosa. Tomó el motor entre sus dedos y, sin decir ni una sola palabra más, lo echó en su bolsillo y salió sin decir una sola palabra.

El hombre lo vio alejarse, y sólo hasta que hubo abandonado el local, se dirigió al Perseus, sin poder contener la carcajada.

Vaya, cada sujeto extraño que se tiene que conocer en el trabajo... ¿No?

El Perseus no tiene labios, así que no podríamos decir que musitó la frase. Con sus sentidos electrónicos, él ya se había dado cuenta, y su corta frase sirvió para provocar en el rostro de su patrón una mueca de escepticismo. Si los Perseus tuvieran labios, esa unidad seguramente hubiera sonreido.

Ya una vez fuera del local, Dan buscó un punto obscuro en el callejón y se levantó la manga de la gabardina con cierta dificultad, pues sólo podía usar una mano. Por ello, fue también algo complicado retirar la tapa, y poner la pieza en su lugar. Sin embargo, cuando volvió a sentir su brazo en movimiento, se dio cuenta de que todo había valido la pena.

Ciertamente, había algo en la versión beta de los Pandora que a él en lo particular le fascinaba, y era que, efectivamente, su capacidad de decisión era una de las más avanzadas.

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