Silencio

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La primera bomba cayó a unos cincuenta metros de la trinchera, al instante todos los hombres de mi batallón tomaron su equipo y corrieron a refugiarse, nuestros oficiales saturaron de ruido la trinchera con gritos y el sonido de sus silbatos. Al salir de mi escondrijo alcancé a ver al capellán santiguarse con toda la fe que podía invocar para el momento. Me sentí tentado a hacer lo mismo, pero ya corría hacia mi puesto junto a uno de los nidos de ametralladora.

La artillería alemana hacía imposible escuchar a los oficiales, aunque sus gritos ya no tenían sentido. Todos estábamos en nuestro lugar y un rápido vistazo me confirmo que mis tres amigos, Edmon Saissac, Damien Mounet y Eloi Besinet se encontraban a mi lado, temblando de miedo al igual que yo.

La artillería continuó retumbando, las salvas caían más cerca mientras los artilleros mejoraban su tino, era cuestión de minutos para que el infierno alcanzara la trinchera. Edmon, el bufón del batallón trató de contarnos un chiste que no alcancé a escuchar por los fuertes sonidos, pero viendo reír a los demás comencé a reír yo también.

El ruido se detuvo de golpe, por unos momentos la trinchera se llenó de un silencio total sólo desafiado por nuestras risas, que callaron también a los pocos segundos. El capellán, adelantándose a la situación comenzó una oración en voz alta, para agradecer al señor por habernos perdonado la vida. Un oficial se puso de pie y comenzó a ladrar órdenes.

La línea alemana se iluminó de golpe y después todo voló por los aires.

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Abrí los ojos.

Me encontraba semienterrado en tierra y maderos, el nido de ametralladora había sido tocado de lleno. De la pequeña fortificación no quedaba nada en pie, y a mi alrededor la artillería seguía golpeando nuestra trinchera sin piedad. Me arrastré hasta un espacio y revisé mis cosas; había perdido el fusil pero no tenía ninguna herida. Cautelosamente miré a mi alrededor.

Las explosiones habían nivelado la trinchera y en muchos lugares parecía nunca haber existido. Algunos soldados arrastraban a los heridos y otros cavaban. Vi al capellán tirado boca abajo con los brazos estirados, las piernas juntas y sus cosas esparcidas en el lodo.

La artillería se detuvo de golpe y el espacio sonoro se lleno de gritos. Reconocí la voz de Damien entre ellos, sus aullidos de dolor parecían surgir de todos lados. Caminé tambaleante buscándolo y entonces encontré a Eloi. Se encontraba de rodillas, parecía tratar de recoger algo desesperadamente, fui hacia él para ayudarlo pero me detuve al ver qué estaba haciendo: una explosión, la metralla, algo le había abierto el estómago, Eloi recogía sus intestinos y trataba de mantenerlos dentro de sí. Todavía no salía de mi asombro cuando otro soldado comenzó a sacudirme violentamente, no podía escucharlo, sus palabras no tenían sentido, señalaba su máscara mientras se la ponía.

Gas. Mi máscara, no recordaba haberla visto. Busqué desesperadamente en mi costado y ahí estaba, mis dedos se enredaban con las cintas y conseguí sacarla, me la puse cuando una nube obscura inundó la trinchera. Eloi seguía tratando de acomodar sus intestinos, dejó de hacerlo sólo para sujetarse la garganta. Cayó en el lodo y sus movimientos cesaron. Yo respiraba ansiosamente y sabía que no podía ayudarlo. Muchos de los gritos dejaron de escucharse, incluyendo los de Demian. Otros soldados pataleaban violentamente sujetándose la garganta, con los ojos exageradamente abiertos.

El visor de mi máscara se empañaba lentamente. Entre la nube observaba a los otros soldados, algunos sentados esperando algo y otros preparando sus bayonetas asomándose a la línea enemiga tratando de ver algo. Comenzaron a disparar.

Encontré un fusil enlodado entre los cuerpos, le calcé mi bayoneta y apunté al frente. Figuras oscuras se acercaban trotando y disparando espontáneamente, resguardadas en la mortal nube del gas. Los primeros en llegar, hombres enormes con aterradoras máscaras, descargaron una ráfaga de fuego en la trinchera. A pocos metros de mí, el oficial gritaba envuelto en llamas disparando su pistola al aire, los demás salimos corriendo de la trinchera hacia tierra de nadie.

Afuera, los hombres caían a mi alrededor. Me desplomé en el suelo y una intensa agonía sustituyó el miedo. Mi mundo envuelto en humo oscureció a medida que el dolor desaparecía.

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Algo me hace despertar.

Me encuentro en posición fetal, vestido con mi uniforme, envuelto en lino blanco.

¿Estoy muerto? he visto que envuelven los cuerpos de esta forma.

No, no es lino, es más suave, menos rígido, ¿seda?

El terror me invade. Estoy en un hospital y ellos creen que estoy muerto, me han envuelto en una mortaja y me han puesto en un depósito de cadáveres. Aun así trato de reaccionar con calma, tocando la tela, estirándola, pellizcándola, la desesperación se apodera de mi mente, y mi cuerpo no reacciona del todo.

El silencio lo envuelve todo. No escucho disparos, explosiones o gritos; tampoco enfermeras ni doctores.

Trato de agitarme, pero mi boca sólo emite gemidos, como si nunca la hubiera usado antes. Mis manos tratan desesperadamente de desgarrar la tela, pero es resistente y se ajusta a mis movimientos, lo cual hace que mi desesperación tome más fuerza. Sé que si no salgo de aquí, podrían acumular más cadáveres encima de mí y moriría de asfixia.

Algo pasa entonces.

A la altura de mis ojos, una cuchilla traspasa la tela. Me quedo quieto, expectante. La cuchilla desgarra la tela hasta llegar a mis rodillas, dos manos entran por la abertura y me sacan de la mortaja.

Casi puedo distinguir los rasgos de mi libertador a la débil luz que reina en el cuarto donde estoy. Su rostro es rígido e inexpresivo debajo de un casco puntiagudo, viste de gris y de su cuello cuelga una cruz de hierro. Me arrastra hacia uno de los rincones del cuarto mientras le escucho pronunciar algo en alemán. Tal vez estoy en un campo de prisioneros, podría estar en las líneas enemigas y este es un nuevo método de tortura.

El alemán se detiene y me ayuda a ponerme de pie, mi cuerpo encuentra la manera de mantenerse así. Él comienza a recolectar sus pertenencias y aprovecho para quitarme el saco. Recorro mi cuerpo con una mano con temor a encontrar algo. Marcas en mi espalda, diez, tal vez quince, no tengo que esforzarme mucho para saber que son orificios de bala. Algunos en los pulmones, otros en el estómago, un par a la altura del corazón.

El alemán abre la puerta del cuarto y sale por ella. El sonido de una tormenta rompe el silencio y después de un momento decido seguirlo.

Sé que mis heridas son mortales.

Cargado de preguntas, cruzo el portal en busca de respuestas.

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