Operación Hidra

El aroma y humo y sudor de un casino son nauseabundos a las tres de la mañana. Entonces, la tensión en el alma que se produce por apostar fuertemente — una composta de ambición y miedo y tensión nerviosa — se vuelve intolerable y los sentidos despiertan y se repugnan de ello.

Janet Kear súbitamente supo que estaba cansada. Ella siempre sabía cuando su cuerpo o su mente habían tenido demasiado y siempre actuaba de acuerdo a ese conocimiento. Esto le ayudaba a evitar el atosigamiento y el entumecimiento sensorial que suelen engendrar errores. Ella se alejó libremente de la ruleta en la que estaba jugando y se dirigió a la cantina del casino. Había poca gente ahí. En la barra, sólo un hombre de largo cabello negro, joven, probablemente un americano rico, bebía whisky en las rocas. Kear se dio cuenta de que el hombre la miraba desde hacía ya veinte minutos.

— Un Kir Royale.

— ¿Con qué Chambord lo prefiere? — pregunta el cantinero.

— ¿Chambord? El que sea.

Janet Kear sonríe, preguntándose por qué no llegó a la barra en primer lugar. Había encontrado lo que vino a buscar. El americano rico apoya casualmente los codos en la barra y termina su whisky. Habla, con un francés muy acentuado, sin voltear a ver a Kear.

— Me agradan los Ferraris, pero hoy vine en un Rolls Royce

— Un Rolls Royce no es un Ferrari...

— ...pero ahí caben más de dos

El americano sonríe, al igual que Janet Kear. Por fin voltea a verla y le extiende la mano. Kear la toma, complementando el saludo con una generosa sonrisa color rojo brillante. El cantinero sirve el trago de Kear, para luego dedicarse industriosamente a acomodar todo bajo la barra. El celular de Janet comienza a vibrar en su bolso.

— Kear. Janet Kear.

— Jack Leiter.

— ¿Tiene lumbre, señor Leiter? — dice Kear, sacando de su bolso Fendi una elegante cigarrera plateada sin atender a su celular, que sigue vibrando, furioso.

Janet saca un cigarrillo y cierra la caja, sosteniéndola en su mano derecha, mientras con la otra se lleva el cigarrillo a sus labios. Su celular timbra, y Janet Kear se mantiene tranquila. Leiter enciende el cigarrillo en el momento preciso en que una pequeña pero letal Kal—Tec P—32 se amartilla bajo la barra del bar.

Un disparo ahogado por un pequeño silenciador hace que el cantinero mire a Kear y a Lieter con un asombro rígido y vidrioso, mientras la cigarrera de Janet Kear humea discretamente y el cantinero se desploma. Jack Leiter alza una ceja, tratando de aparentar más frialdad de la que posee.

— ¿Era nuestro hombre?

— Así es — dijo Kear, guardando causalmente la pistola/cigarrera en su bolso — El último de los infiltrados.

— ¿Cómo lo supo, señorita Kear? Pudo haberse equivocado.

— El Kir Royale se hace con crème de cassis, no con Chambord. Cualquier cantinero que trabaje en un casino como éste sabe eso. El detector en mi celular me alertó del arma, confirmando mi sospecha más allá de toda duda. Y la mirada del cantinero era clara: me había reconocido. Nunca hubo margen de error.

— Me alegra ver que, hasta el momento, todo lo que se dice de usted es verdad.

Janet Kear miró intensamente a Jack Leiter. Sus labios, lentos y sonrientes, se aproximaron a la boca de Leiter, quien no tenía idea de qué hacer.

— ¿Y qué puede hacer el MI6 por ustedes, señores de la CIA? — dijo Janet Kear, acercando sus labios al rostro de Leiter para que el micrófono injertado en el labio del americano pudiera escuchar mejor las palabras de la agente británica.

Leiter quedó sorprendido por su propia inseguridad al tener tan cerca el atractivo rostro de Kear, y molesto por no poder ocultar la presencia de los demás agentes que lo acompañaban.

— ¡Kear, deje de jugar y proceda a acompañar al agente Leiter a su habitación! — dijo, molesto, el agente Azor—6, coordinador de la misión desde el cuartel general. La voz enfadada de Azor—6 hizo que el transmisor en el oído izquierdo de Kear vibrara — Los americanos tienen las especificaciones completas de su próxima misión. Nosotros nos ocuparemos del cantinero.

— ¿Nos vamos? — dijo la agente Kear a su colega americano, mientras una joven crupier morena se aproxima a la barra.

— Disculpen, ¿a dónde se fue el cantinero?

— Salió, querida — dijo Janet Kear, sonriendo amistosamente mientras tomaba a Leiter del brazo — Creo que moría por unos cigarrillos.

Como era de esperarse, la suite de los agentes de la CIA era enorme. Una combinación de inmaculadas paredes blancas y muebles estilo victoriano con un gran televisor de plasma y un avanzado sistema home theatre. Entre todo el caos había algo de clase, y todo el equipo electrónico de vigilancia, los casi quince agentes frente a sus laptops escuchando cada palabra que se enunciaba entre las paredes del casino, restaban a la atmósfera.

El enlace estaba listo. Un hombre de rostro duro y arrugado con atuendo de general apareció en la pantalla de una laptop, con una calidad tan nítida, que parecía como si el viejo soldado de canas plateadas estuviera del otro lado de una ventana sin cristal.

— Buenas noches, agente Kear. Como posiblemente ya le han hecho saber mis agentes, necesitamos su ayuda. Desde hace ocho meses, personal de investigación y desarrollo científico perteneciente a varios países han sido secuestrados de sus casas por una organización desconocida. Sabemos que al menos cuarenta y tres investigadores de renombre han sido abducidos, y siete de nuestros agentes han desaparecido tratando de dar con el responsable de esta ola de secuestros. Nuestros sistemas de vigilancia satelital no han registrado rastro de naves que hayan entrado o salido de los respectivos países de forma clandestina. La transportación por mar también ha sido descartada como posible medio de infiltración.

— ¿Sospechan de alguien en particular? — pregunta Janet Kear, con el tono de voz profesional que indicaba su completa atención.
— De esta mujer.

La imagen del viejo general es reemplazada por un archivo de video de una distinguida mujer mayor, con cabello canoso, elegantemente corto, vestida con un traje de negocios color plata, obviamente hecho especialmente para ella. La mujer sonríe y habla en un podio, pero no hay audio en el archivo, sólo la voz del general americano.

— Minerva Meyers. 52 años. Presidenta y accionista mayoritaria de un conglomerado financiero conocido como General Enterprises of America, o GEA. GEA es dueño de todo tipo de empresas, como el emporio médico Meyers & Meyers, o el consorcio petrolero Capitol Oil. Nuestro último agente desapareció cuando investigaba el yate privado donde ella vive, el Caduceo. Su misión, agente Kear, es infiltrarse en la cena de beneficencia que la señora Meyers dará el próximo sábado y averiguar la relación exacta entre ella y los científicos desaparecidos. Se le proporcionará una invitación para el evento como la editora de una revista ficticia, además de agentes de apoyo; y tengo entendido que el MI6 ha mandado para usted equipo necesario para su misión.

— ¡Qué considerados! — dice Janet Kear, usando su tono irreverente esta vez.

La imagen de Minerva Meyers desaparece de la pantalla de la laptop y la imagen de Albatros—9, jefe del departamento de investigación y desarrollo del MI6, aparece en su lugar.

— H—hola agente Janet. Buenas noches. ¿Qué... eh, qué tal funcionó la pistola cigarrera?
— Maravillosamente, Albatros. Siempre puedo contar con el brillante agente Albatros—9, ¿Eh? — dijo la agente Kear, divirtiéndose, como siempre, al ver la gran reacción que una pequeña sonrisa provoca en su delgado colega.

— Eh... ¡P—por supuesto! Eh, el paquete que te envié esta mañana consta de un anillo que funciona como una antena capaz de captar frecuencias intrusivas e impedir que alguien bloquee tus comunicaciones. Tus pendientes son granadas de alto poder; tus lentes de contacto son pantallas conectadas a tu teléfono/PPC y los tacones de tu, um, calzado están llenos con las herramientas de costumbre...

— Eres un encanto, Albatros. Mil gracias.
— Eh... ¿Crees que, terminando tu misión, podrías traerme tu teléfono con alarma antidisparos para...?

Janet Kear dijo adiós a Albatros—9 con una mano y cerró la laptop. Se despidió de Leiter, de los demás agentes de la CIA, y se dirigió a su habitación. Mañana iba a ser un día pesado.

Las luces de cubierta se reflejan en el agua, dando la impresión de que el mar nocturno es negro como la obsidiana. La música en el fondo y las conversaciones en todos lados hacían que fuera difícil escuchar las instrucciones de los agentes de la CIA, aún si el comunicador de Janet Kear estaba insertado en su canal auditivo.

Janet Kear se deslizó suavemente entre la multitud de invitados a la fiesta de Minerva Meyers. Su anillo vibró suavemente, indicando que alguien trataba de interferir con las comunicaciones a bordo de Caduceo. Kear se apropió de una copa de champaña mientras le sonreía a todo aquel que cruzaba miradas con ella, y a ninguno al mismo tiempo. El podio desde donde Minerva Meyers iba a dirigirse a los asistentes estaba siendo colocado, encima de una tarima que asemejaba un arco dórico. En su camino, la agente Kear vio a Minerva Meyers en medio de un grupo de viejos banqueros y jóvenes acompañantes, hablando con un hombre de gran estatura, aspecto musculoso y atuendo impecable, casi salido de una portada de Vanity Fair. Janet Kear tomó su celular y, accesando a la base de datos de su mini—computadora mientras pretendía hacer una llamada, supo que ese hombre era Atlas Meyers, hijo de Minerva y único heredero de su fortuna. Los ojos de Janet Kear recorrían la cubierta del yate por tercera vez, ubicando a los agentes de la CIA que discretamente bloqueaban uno por uno a todos los guardaespaldas de Minerva Meyers.

— Agente Kear, responda.
— Aquí estoy, señores.
— Perímetro asegurado. Proceda con cuidado a hacer contacto con los Meyers.
— ¿De cuánto tiempo dispongo?
— De poco. No podemos coordinarnos bien. Algo comenzó a interferir con todas nuestras transmisiones, excepto ésta.
— Una lástima, caballeros. Tendrán que presenciar el juego desde la banca. Kear fuera.

En cuanto Minerva Meyers se separó de su hijo para conversar con un grupo de hombres de traje y turbante, Janet Kear procedió a acercarse a Atlas, a pesar de que otras cinco mujeres habían pensado lo mismo y se aproximaron a él también.

— Señor Meyers — dijo la agente Kear, tomando una foto del hombre antes de aproximarse — Encantada de conocerlo. Janet Kear, de la revista Influx. Me preguntaba si le interesaría concederme una entrevista.
— ¿Una entrevista? — preguntó Meyers, sonriendo complacido — Me temo que, por el momento, estoy ocupado — dijo, señalando al cortejo de jóvenes mujeres a su alrededor — Hable con aquel hombre cerca de la proa, el del traje azul. él le concertará una cita. Ahora, con su permiso...
— Señor Meyers — dijo la agente Kear, tomándolo del brazo y mirándolo directamente a los ojos — le ofrezco una completa exclusiva. Una exclusiva muy especial.
— ¿Qué le interesa saber de mí, señorita Kear? ¿Vio algo que le intrigue?
— Me intriga más lo que no es evidente a simple vista, señor Meyers, y que sólo puede ser revelado en privado.

Atlas Meyers se quedó inexpresivo durante unos segundos, y le ofreció una sonrisa sugestiva a Janet Kear, en respuesta de la suya. Antes de que alguna de las jóvenes amigas de Atlas dijera algo, él se abrió paso y acompañó a la agente Kear hasta un camarote de la planta alta del Caduceo. El camarote era elegante, aunque decorado al estilo art deco, y quien lo decoró tenía una extraña fascinación con el color naranja. Atlas se sentó en una cama situada a mitad del camarote, esbozando una sonrisa que mostraba lo mucho que él esperaba de esta reunión. La agente Kear se sentó en una silla frente a Atlas, sacó su teléfono celular e hizo como si éste contara con función de grabadora.

— Mhh, muy agradable, señor Meyers, pero francamente pensé que me iba a conducir a su oficina.
— Lo siento. La verdad es que sólo la primer cubierta del yate está disponible para las visitas. Más allá están los camarotes de la tripulación y las oficinas de mi madre. Además, yo actuaba bajo la impresión de que cierto grado de privacidad era deseable para esta... entrevista, señorita Kear.
— Muy cierto, señor Atlas — dijo la agente Kear — Así puedo hacer esto.

Janet Kear lanzó el taser integrado en su celular. El sorprendido Atlas se agitó violentamente en la cama, recibiendo la descarga y yaciendo inconsciente una vez acabada la carga del arma. Tras registrarlo, la agente Kear encontró tres tarjetas de identificación, sin marcar, pero de colores distintos: azul, lavanda y púrpura. La agente Kear alzó una ceja, y guardó las tarjetas en su bolso.

— Nunca salgas sin ellas, querido — dijo Kear, mientras salía del camarote y se dirigía al aparentemente final del pasillo.

La agente Kear no tardó en descubrir el modo de abrir el elevador. Presintiendo que había un sensor oculto en la pared blanca frente a ella, Kear tomó la tarjeta correcta después de dos intentos —la azul— la presentó frente a la pared, e hizo que el mecanismo se activara, revelando un elevador para una persona. Janet Kear, tras un momento de indecisión, entró en el pequeño elevador blanco. Esto era muy fácil y eso nunca era buena señal.

El timbre de su celular confirmó sus sospechas. Una voz en el intercomunicador del elevador le dio un nombre a la calamidad que estaba por caer sobre ella.

— Señorita Kear, bienvenida. Por favor, acompáñenos aquí abajo — dijo Minerva Meyers, mientras un gas verde—amarillo comenzaba a salir de la rejilla de ventilación, llenando el elevador y mientras la conciencia abandonaba a la agente secreta.

La vida de una agente secreta está llena de momentos así. Al ser entrenada en las artes de la infiltración, el sabotaje y el asesinato, una agente del MI6 aprende a enfrentar cualquier situación extraña con un rostro de indiferencia. Es por esto que Janet Kear despertó sujeta a una mesa de metal, atada con abrazaderas en sus muñecas y tobillos, y no lo encontró inusual. Lo último del gas adormecedor se disipó del cerebro de la agente Kear, y ahora todo estaba claro: Minerva Meyers, o alguien leal a ella, la había visto atacar a su hijo a través de una cámara oculta. Minerva en persona estaba parada, sonriente, frente a la agente Kear, agitando la Glock .9mm de Janet Kear del mismo modo que alguien agita una sonaja frente a un bebé. En su otra mano, Meyers tenía un control remoto.
— ¿Sabe usted? Es la octava persona que encuentro husmeando en mi yate sin ser invitada. La suya es como la audacia de Prometeo, escabulléndose dentro del Olimpo, sólo que usted no tiene la disculpa de ser una titánide, señorita Kear— dice Minerva Meyers.
— Seré la última intromisa, señora Meyers, se lo prometo.
— Eso es cierto. Contemple, es lo menos que se ha ganado con sus esfuerzos.

Minerva Meyers presiona un botón del control remoto que tiene en sus manos, y la mesa de metal en la que se encuentra Janet Kear se incorpora hasta estar completamente vertical, permitiéndole ver el lugar donde estaba cautiva.

— Contemple usted, mi centro de operaciones, el Liceo.

Frente a la agente Kear, todo un centro de investigación y desarrollo científico se extendía hasta donde ella podía ver. En varias mesas de trabajo, docenas de hombres de mediana y avanzada edad vestían batas de laboratorio, y eran supervisados por al menos treinta soldados fuertemente armados, ataviados con uniformes verde oscuro. Los científicos cautivos evitaban separar la mirada de su trabajo, y los soldados que montaban guardia tras ellos pasaban demasiado cerca, demasiado a menudo, para darles oportunidad de atreverse a hacerlo.
— Como puede ver, su misión ha sido todo un éxito, señorita Kear. En verdad ha localizado a los investigadores desaparecidos. Estos hombres han dejado sus, digamos, improductivos proyectos de investigación para poder participar en el proyecto más ambicioso de todas sus carreras, mi propio obsequio personal para el mundo: Operación Hidra. ¿No es emocionante?
— Difícilmente — dice la agente Kear, con una expresión de aburrimiento demasiado real, tratándose de una mujer en peligro — Todo lo que tengo como referencia al respecto es un grupo de personas trabajando contra su voluntad, una anfitriona entusiasta y un nombre clave.
—¡Oh! — dice Meyers, mostrando una extraña muestra de enojo y candor — casi lo olvido. ¿Cómo sigue su brazo?
— ¿Mi brazo? ¿A qué se...?
— ¡A esto! — dice Minerva, presionando otro botón de su control remoto. Un brazo mecánico sujeto al techo se movió hacia abajo, y en su punta, dos electrodos chispearon amenazadoramente. El brazo robótico tocó el brazo derecho de Janet Kear, electrocutándola. La descarga hizo que el cuerpo de Kear comenzara a moverse espasmódicamente, hasta donde las ataduras le permitían. El tormento fue breve, y casi letal.
— Unnngg... m—mi brazo está bien, gracias — dijo Kear, mientras trataba sin éxito de esbozar una sonrisa — ¿M—me decía...?
— Un momento, por favor. Atlas, te necesito a cargo del rayo de Júpiter mientras hablo con la visita.
— Será un placer, madre — dice Atlas Meyers, emergiendo detrás de la mesa. Atlas sigue usando la misma sonrisa de anticipación que tenía en el camarote, pero en esta situación, su sonrisa parece tomar otro sentido — ésta no volverá a tomarme por sorpresa.
— Excelente. Bien señorita Kear, le comentaba acerca de Operación: Hidra, la razón de su estancia aquí. Esta empresa, como puede ver, no tiene uno, sino varios propósitos.
— ¡No me diga!
— Atlas, el rayo de Júpiter.

Atlas presionó el botón del control remoto, y electrocutó a la agente Kear durante varios segundos, con gusto sádico, hasta que Minerva detuvo el castigo. Una vez que Janet Kear volvió en sí, Minerva continuó con su disertación.
— A la izquierda puede ver usted mi primera división de ingeniería genética, que ha encontrado cura a tres de las aflicciones más serias de hoy en día. De hecho, la cena de hoy tuvo el propósito de anunciar que Meyers & Meyers lanzará al mercado dichas vacunas el próximo mes. Por supuesto, estos caballeros también se tomaron la molestia de desarrollar dos virus nuevos, también programados para salir a la luz en treinta días. Creo que en unos diez años será seguro anunciar que hemos desarrollado una vacuna temporal a estos nuevos malestares, y en unos veinticinco años después, será hora de sacar al mercado la vacuna definitiva.
— Usted... usted tiene 52 años, y está haciendo planes para las próximas tres décadas. Planea vivir mucho, señora Meyers.
— Ah, ese es el motivo de mi segunda división de investigación biomédica, señorita Kear. Por medio de una terapia intensiva de genes y el uso creativo de tejido embriónico, estos caballeros han revertido los estragos que el envejecimiento ha causado a mi organismo. Ahora, quizá no lo parezca, pero estoy en mejor condición física que usted — dice, llena de satisfacción, una arrogante Minerva — Y mi hijo, habiendo recibido el tratamiento a una edad más corta, se ha beneficiado aún más que yo. Los doctores estiman que vivirá hasta los ciento ochenta años.
— Admirable. Una esperaría que, para entonces, él ya supiera el modo correcto de usar un teléfono celular sin lastimarse.
— ¿¿Ah, si?? — dijo, furioso, Atlas, quien descargó la furia del brazo mecánico en la agente Kear nuevamente, esta vez por casi demasiado tiempo.

Esta vez, Janet Kear tardó dos minutos en dar señales de vida. Mientras ella tosía, Minerva siguió con su explicación.
— Ah, que bien, sigue usted viva. Permítame mostrarle mi tercera división, encargada en desarrollar un motor eficiente capaz de trabajar con luz solar. Esto marcará el fin de la era del petróleo...
— ...Y el fin de la economía mundial, supongo — dice Kear, escurriendo un poco de sangre de su labio inferior — Hasta ahora, usted ha hecho planes para traer peste, y para traer caos financiero, es decir, hambre y guerra, Minerva. ¿Tiene planes para la muerte, también?
— Sólo para su muerte, señorita Kear. Su analogía judeo—cristiana, sin embargo, no está del todo errada. Observe. Lo llamo "Gerión—1"

Y no hizo falta que Meyers explicara la función de su última división de investigación y desarrollo. La enorme ojiva nuclear siendo armada frente a la agente Kear se explicaba a sí misma. Minerva Meyers vio un atisbo de miedo en el rostro de Janet Kear, y eso la llenó de dicha.
— Tengo que reconocerlo, Minerva — dijo Kear, recobrando el autocontrol y recuperando un poco de su sonrisa — La mayoría de los sociópatas sólo urden un plan, pero usted ha hecho varios simultáneamente. Usted es una amenaza múltiple para todos. Toda una hidra monstruosa.
— Esa ojiva es de sólo un megatón, me temo, pero es suficiente para efectuar la fase final de mi operación. La fase final de la Operación: Hidra tiene como meta un ligero "arreglo" del mapa político mundial. Posiblemente, después de la detonación, el mapa geográfico también sufrirá cambios, pero eso... — El reloj digital de Minerva emitió una alarma y ella miró sorprendida la hora — ¡Oh, mire qué tarde es! Me temo que este es el adiós, agente Kear. Justo como la hija de Casiopea, usted tiene una cita con el mar y sus residentes. Espero que sepa nadar... y que sepa aguantar la presión del agua a sesenta metros de profundidad. Sujétenla — dijo, a un par de soldados, mientras ella presionaba otro botón de control remoto.
— Usted no es muy sabia, para alguien llamada Minerva — dijo Janet Kear, preparándose para actuar sorpresivamente.

En cuanto las abrazaderas fueron soltadas y los hombres se aproximaron, Janet tomó rápidamente a uno de ellos por la muñeca, y usó una proyección de judo para lanzarlo contra el otro. Fué entonces cuando, ya libre, Janet Kear tomó uno de sus pendientes, y lo arrojó a una de las paredes del casco de la nave antes de que los soldados pudieran hacer algo. La explosión resultante sacudió la habitación y abrió un hueco en la nave, que comenzó a inundarse a raudales. Atlas se aprestó a atacar a Kear con el brazo mecánico, pero la fuerte corriente del agua lo lanzó a él, a Minerva y a Janet Kear contra una pared.

Tras unos minutos, un mecanismo de emergencia del yate se encargó de sellar la fisura y el agua cedió. Janet Kear se incorporó, tomó la ametralladora de un guardia inconsciente y comenzó a disparar a todo soldado que estaba de pié, hasta terminar su munición. Kear arrojó el arma al suelo, y cerca de donde cayó, vio el control remoto de Minerva. La mirada de Kear advirtió entonces que Atlas, apenas puesto en pie, también había visto el control remoto. Atlas Meyers se lanzó a conseguir el control, pero la agente Kear se echó al piso, extendiendo su pierna para tropezar al musculoso hombre y obligarlo a caer boca abajo, en el suelo aún mojado. Janet Kear se aprestó a recoger el control remoto, saltó hacia un barandal, y presionó el botón marcado con la imagen de un rayo zigzagueante. Kear apuntó el control remoto hacia abajo, y el robot sumergió sus electrodos en el piso mojado. Minerva y Atlas se agitaron frenéticamente durante varios minutos, hasta que el agua provocó un cortocircuito que cesó el funcionamiento del rayo de Zeus.

— Como... castigo del cielo, Atlas... mi muchacho — dijo, jadeante, una muy cansada agente Kear.

Janet Kear oyó pasos chapotear en el agua, alejándose de ella. Al voltear, pudo ver a Minerva Meyers mientras tocaba un botón en algún punto de una pared, que accionó una puerta de trampa bajo sus pies. Kear se aprestó a ir tras ella, pero no pudo llegar antes que la puerta se cerrara. Inmediatamente después, Kear vió a través de una ventana en la pared cómo un mini—submarino se alejaba del yate.

— Pero... si Minerva está en esa nave, ¿Quién está tirada ahí, junto a Atlas? — murmuró la agente del MI6.

Al acercarse al cuerpo de la mujer inmóvil junto a Atlas, la agente Kear notó que ésta Minerva no mostraba quemaduras internas, mientras que Atlas si. Kear ya había visto esto antes. Se acercó al cuerpo, y removió la capa de piel sintética de su rostro, revelando a una mujer desconocida para ella, con el rostro ennegrecido y un comunicador en su oído. En una de las paredes menos afectadas por la explosión o el agua, se reveló una pantalla gigante, agujereada por algunos impactos de bala pero aún funcionando, que mostraba el rostro de Minerva Meyers.

— Saboree el beso de Niké, agente Kear. Por desgracia, ésta es la única vez que la victoria le favorecerá. Pronto sabrá de mí.

La hidra se había quedado sin una de sus cabezas. Solo quedaban los científicos.

— Señorita — dijo en un fuerte alemán uno de los empapados ancianos en bata — ¿Habrá posibilidad que salgamos de aquí?
— Espero que sí, señor. Odio viajar sola.
— El único pasillo que lleva al elevador está inundado — dijo otro científico, en ruso, mientras se asomaba por una puerta — Hay hombres muertos flotando.
— Entonces tiene dos opciones, profesor — dijo, también en ruso, una sonriente Janet Kear — quédese aquí temiéndole a ese pasillo y espere a los cuerpos de rescate... o venga conmigo y crúcelo.

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