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Magna Cum Laude

I II III

LibroLa cosa más misericordiosa del mundo, creo yo, es la inhabilidad de la mente humana para relacionar entre sí todos sus contenidos. Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de los negros mares de lo infinito, y no se supone que viajemos muy lejos. A veces, ni siquiera hace falta adentrarse en lo desconocido, lo desconocido viene hacia ti. Ahora lo sé.

Necesitaba asesoría para mi tesis de maestría. Cualquier miembro del profesorado me hubiera sido de ayuda. Pero no. Tuve que buscar al más prestigioso. Al profesor que diera más lustre a mi tesis con su simple nombre. El único que me haría llenar tres veces la misma solicitud requiriendo su asesoría. El mismo que me dejaría plantada tres veces antes de la primer entrevista, a la cual finalmente se presentó en una cuarta ocasión, 45 minutos tarde. Así fue como terminé con el muy reconocido Dr. Landon.

El profesor Marcus Landon era una figura legendaria en el campus. No socializaba con nadie, alumno o profesor, sólo aparecía para dar su cátedra, la cual estaba formada de alumnos con los mejores promedios, para luego desaparecer. Nadie sabía donde vivía. Landon había escrito muchos libros y ensayos reconocidos, y era considerado una eminencia en el campo de la antropología e historia. Pocos aprobaban su clase, pero los que lo hacían se graduaban para ser los antropólogos e historiadores más reconocidos en la actualidad.

A los otros profesores les desagradaba Landon, y me aconsejaban no asociarme con él. Muchos compañeros egresados me advirtieron que el doctor Landon fue interrogado por policías en más de una ocasión, algo concerniente a unos alumnos de su clase que se dieron de baja y desertaron. Incluso salió algo de eso en el periódico. Pero yo estaba decidida. Pensé que todos estaban celosos o resentidos con Landon. Nadie tan prestigioso podía estar involucrado en algo incorrecto. La gente siempre resiente a los que tienen algo que ellos desean.

A Landon le desagradaba estar en el campus. Siempre que podía, el doctor Landon programaba nuestras entrevistas en su casa, la cual, por supuesto, estaba en las afueras de la ciudad, a media hora de camino. Al principio pensé que Landon intentaría propasarse, pero él tenía 65 años y era muy frío conmigo en todo momento. Aunque no tan frío como su casa. El lugar estaba casi vacío. Casi sin muebles o decoración de ningún tipo. No había ningún olor en esa casa. Solamente fotos enmarcadas de sus viajes a muchos sitios de excavación arqueológica. Ambos, el hombre y la casa, parecían vacíos, desprovistos de toda calidez. Siempre revivía esas entrevistas en mis sueños y entonces era peor.

Salir de esa casa no era fácil. Es decir, terminando una entrevista podía salir caminando de la puerta, pero siempre volvía. Cada noche. Despertaba gritando, viéndome parada en la entrada de la casa de Landon, aún en mi ropa de dormir, cada vez más segura de que me estaba volviendo loca.

Mi proyecto iba bien, progresando a pasos agigantados. Mi tesis acerca de las costumbres de las sociedades europeas del paleolítico inferior estaría terminada pronto. El doctor Landon era un genio. Él era todo lo que se decía que era y mucho más. Nunca le comenté sobre mi sonambulismo, temía que esa confesión lo ahuyentara. Siempre podría buscar ayuda después.

Traté de cerrar con llave las puertas de mi casa. Intenté no dormir, o dormir en compañía de amigas, pero echar llave a la puerta simplemente no funcionaba, y el sueño siempre acaba por vencerme a mí o a quien custodiara mi sueño. Llegué a resentir al doctor Landon. Él no parecía incomodado por ello.

Conforme mi tesis progresaba, también aumentaba la distancia a la que me adentraba en casa de Landon en mi sonambulismo. Cuando sucedía, despertaba cada vez más cerca a la puerta de su sótano. Un viento frío emanaba de ese abismo negro contenido por el marco de una puerta. Él nunca parecía oír nada. Nunca bajaba a revisar quién se había metido a su casa, a pesar de que siempre que despertaba ahí, gritaba.

Faltaba poco para terminar. Me aferraba a esa frase y trataba de sanar con ella lo que quedaba de mi cordura.

Estaba segura de que tarde o temprano Landon iba a llevarme a su sótano. Sentía como él se daba cuenta cuando mi mirada se desviaba a ese espacio muerto bajo su casa, sin luz ni calor alguno. Él, para mi sorpresa, me miraba irascible cuando eso pasaba, era como si yo no tuviera derecho a mirar.

Fui a verlo por última vez cuando por fin concertamos la cita final, donde me ayudaría a darle forma a mi obra. Decidí presentarme lo más temprano posible con una botella de buen vino. Al llegar a su casa, Landon parecía molesto conmigo. Su casa también parecía más hostil, más gélida que de costumbre.

Landon quiso despedirme de su casa antes de las cinco de la tarde. Me empujaba desesperado, y cuando vió mi mirada dirigirse a su sótano, lo hizo con más ahínco. Eso fue lo que decidií todo. Estrellé la botella en su cabeza. Lo golpeé tres veces antes de dejar de moverse, y dos veces más antes de quebrar la botella.

Dejé a Landon en un charco de su propia sangre y bajó a la helada oscuridad del sótano.

A la mañana siguiente la policía había acordonado la casa de Landon. Los noticieros hablaban sobre mi y aquellos otros alumnos que tomaron la clase de Landon y que nunca fueron vistos. La policía hizo hincapié en no revelar ningún detalle. Algunas gacetas locales insistieron en una investigación a fondo, pero sus pesquisas terminaban con poco o nada relevante. Eventualmente los periódicos y noticieros se cansaron de invertir tanto esfuerzo en una historia que cada día impactaba menos.

Nunca fui hallada.

El cuerpo de Landon, mi auto, la botella quebrada, las fotografías enmarcadas... se llevaron lo poco que encontraron. Sólo dejaron una cinta policial, por siempre ondeando en un frío viento, negando el paso a un sótano que sólo fue inspeccionado dos veces y fotografiado una vez.

En el sótano sólo hallaron mi sangre, pedazos de mi ropa y una palabra rasgada en la pared, que aún contiene restos de mis uñas:

C R Ú Z A L O

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