Lagarto

Los primeros rayos del sol calentaron el lomo de la criatura, que se levantó lentamente, listo para buscar su alimento. El ambiente era más frío que de costumbre y las presas más grandes eran ya difíciles de localizar, pero esas pequeñas criaturas de cuatro patas le ayudaban a sostenerse. Era necesario matar muchas más, pero cuando menos se podía sobrevivir.

Se quedó quieto unos cuantos minutos, dejando que la luz solar calentara su cuerpo, dándole la energía necesaria. En su mejor momento, esa comarca había tenido un delicioso clima tropical, pero en las últimas generaciones, se había tornado frío... demasiado frío. Se podía considerar afortunado, pues las demás especies no habían logrado sobrevivir al brusco cambio de clima. Pero él era un Rex, y si algo había aprendido durante todo ese tiempo, era a mantenerse con vida. No por algo había sido en su momento el rey de los dinosaurios; y seguía siéndolo, a pesar de no tener súbditos.

Su delicado olfato tanteó el ambiente. Siendo prácticamente el último de su especie, imponía un gran respeto a todas las demás criaturas que habitaban sus terrenos, pero no le era suficiente. El tiranosaurio era uno de los más inteligentes de su raza, más que nada por ser depredador, pero no podía considerarse muy brillante. Podía percibir la soledad, y le pesaba. Cada mañana, esperaba sentir el olor de alguna hembra en el ambiente, pero era inútil. Él no perdía la esperanza.

Se escabulló lentamente entre los árboles, en dirección a uno de los claros... y ahí fue donde lo vio por primera vez. Era apenas un poco más pequeño que las bestias de cuatro patas de las que se solía alimentar, algo que nunca había visto. Su piel era brillante, más que las de los otros reptiles, al grado de que el reflejo del sol le lastimaba los ojos. Algo en su memoria evolutiva lo remitió a aquellos pequeños dinosaurios bípedos que cazaban en manadas, aunque él nunca vio uno en persona. Pero bueno, era pequeño y se veía apetitoso. No lo llenaría mucho, pero para abrir el apetito resultaría ideal.

Se lanzó corriendo rápidamente, acostumbrado a que sus pequeñas presas corrieran despavoridas al verlo. Sin embargo, este pequeño se mantenía inmóvil. Posiblemente una criatura enferma o herida que difícilmente podía moverse. Cualquier depredador menospreciaría a presas en esas situaciones, pues sabe que los mejores ejemplares, por ser más rápidos y ágiles, son los que logran huir; pero no era quisquilloso. Si tenía carne, por mínima que fuera, sería suficiente para él.
A pocos metros de distancia, preparó su terrible ataque.

Bajó la cabeza rápidamente, listo para dar la primera dentellada. Para estar enferma, la criatura se movió rápidamente, esquivando al dinosaurio con algo de problema, y casi al mismo tiempo, sintió un agudo dolor en la quijada. Una dentellada, o quizá el golpe de una garra. Tras de años de no encontrarse algún otro depredador, había olvidado cómo era un dolor de ese tipo. El corte era profundo, y el dolor considerable. Pero era en la mandíbula, y no representaba un peligro letal. Sin embargo, su pequeña mente consideró que no valdría la pena un segundo ataque. Un depredador de su tamaño no podía exponerse a otra herida cuando sabía que, a menos de unos cuantos pasos, se encontraría con otras piezas mucho más sencillas de cobrar. Había menospreciado a su presa y aprendido su lección.

Se dio la vuelta parsimoniosamente. Él era ágil, pero su reacción no era de miedo, así que no lo movía la prisa. La sabandija se había defendido bien, así que viviría otro día más.
El terrible rugido de dolor llenó toda la planicie. Una nueva dentellada, ahora a la altura de la cola — ¿Qué le pasaba a esa alimaña? — Él se había alejado, ningún otro animal hubiera atacado en esas circunstancias. En esta ocasión, el giro fue rápido. Ahora no era cuestión de alimentarse. Estaba siendo atacado y tenía que defenderse.

Todos los depredadores tienen una especie de táctica bien aprendida, y años de evolución habían demostrado su efectividad. Encarándose a la criatura, rugió a todo lo que le daban su pulmones. Eso usualmente era suficiente, y todos los seres frente a él salían corriendo despavoridos. Sin embargo, este animal seguía ahí, e incluso lanzó él mismo sus propios rugidos — ¿Trataba de intimidarlo? — algo así parecía, pero él era mucha pieza para un pequeñajo como ese.
Volvió a cargar sobre él, las fauces abiertas, buscando nuevamente poder atraparlo en la mordida. De nuevo se escabulló ágilmente, y nuevamente sintió el rasguño en la quijada, ahora menos profundo. El pequeño animal corrió a su lado, haciendo un curioso sonido mientras su caparazón — o lo que fuera — se agitaba sobre él. Al pasar junto a su pata, alcanzó a morder de nuevo, ahora sí lastimándolo seriamente. Incluso con su limitada inteligencia, no podía entender cómo una criatura de ese tamaño podía morder tan profundo.

Giró sobre si mismo, tratando de encarar al animal. Durante el giro, intentó balancear la cola, buscando darle un golpe seco que, aunque no lo matara, lograra desbalancearlo. La vista de un rex no es especialmente buena, por lo que dependen básicamente de su olfato. Sin embargo, ahora que podía ver bien a su rival, se percató de que una de sus garras, en una de las patas delanteras, era casi tan grande como él. Era así como lograba lastimarlo de esa forma.
En un momento dado, pensó en emprender una rápida huida, pero la pata le dolía tremendamente y no creía poder superar a la alimaña, incluso con sus zancadas más largas. Levantó la pata sana y en un ataque desesperado intentó pisarlo. Nuevamente, se volvía a escabullir, y otro corte en medio de sus dedos le dificultaba el movimiento. Nuevo rugido de dolor. La criatura aprovechó la distracción, y golpeó repetidamente en su tobillo. Las heridas eran profundas, y el dolor se había tornado insoportable. Incapaz de mantener el equilibrio, se dejó caer. Fue entonces cuando la pequeña criatura se acercó a su cabeza, era algo difícil verlo, pero pudo sentir los pequeños y fríos pies cuando se encaramaba en su cuello. El puro instinto le dijo qué era lo que vendría, e intentó mover la cabeza para sacudírselo. Desafortunadamente, la bestezuela evitó la caída clavando su garra profundamente en el cuello. El filo de la misma corrió fácilmente, desgarrando su piel. La vista comenzó a nublársele, su respiración se hizo pesada... algunos segundos después, todo había terminado.

Habían pasado miles de años, y durante ese tiempo, los dinosaurios habían regido la Tierra, y por encima el tiranosaurio rex había sido reconocido como el más peligroso de los depredadores. Ahora, el último sobreviviente estaba tendido en el pasto, muerto. Los mamíferos habían dado un golpe simbólico, dejando claro que el tiempo de los dinosaurios había terminado, ahora ese mundo les pertenecía a ellos.
De hecho, el reinado de los dinosaurios había ya terminado varios siglos atrás, sin importar los pocos sobrevivientes que quedaron, y de los cuales, ése era el último.

— Ya viene... ¡y parece que lo logró!

Una por una, las ventanas del poblado de Ashkelon se abrieron. La gente salió a las calles, primero con miedo, luego con un regocijo difícil de ocultar. Aunque estaba aún lejos, el caballero era perfectamente visible. El caballo bufaba pesadamente, mientras jalaba tras de si un enorme peso, que al principio no se podía distinguir, aunque era muy claro el rastro de sangre que iba quedando por detrás del mismo. Sólo hasta que estuvieron más cerca, las voces de admiración comenzaron a surgir... "Sí es", "Que no", "Parece que sí"...

Fue hasta que Jorge entró a los límites de la villa, que los pobladores se atrevieron a acercarse. Los más considerados retiraron las cuerdas del caballo y comenzaron a jalar la cabeza ellos mismos, aligerando el trabajo del noble bruto. Los que no iban tirando del macabro trofeo, se reunían alrededor del caballero lanzando hurras y vitoreándolo, apenas dando crédito a lo que se veía. Jorge, por su parte, se mostraba humilde, aceptando cortesmente las felicitaciones. Él era un hombre de Dios, y al librar a esa comunidad de la amenaza del dragón no había hecho más que cumplir con un deber que él mismo se había impuesto.

Y es así a veces de injusta la historia: en otro momento, una persona que hubiera matado al último ejemplar de una especie en peligro de extinción hubiera sido considerado como un paria. Pero en el caso de Jorge, no sólo fue objeto de festejos y reconocimientos, sino que incluso pasó a la historia por ello, nombrándosele santo.

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