En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, pero poco le faltaba para ser así. Cuando el hobbit no estaba en su agujero, venía a la posada del pueblo a charlar con los forasteros que ahí se alojaban. El hobbit gustaba de contar fantásticas historias -que seguramente nunca sucedieron- a gente que seguramente no quería oírlas, y que seguramente no tenía intenciones de pagar los tragos del hobbit, cosa que siempre terminaba sucediendo de cualquier forma. La vida del hobbit era buena, yendo del agujero a la posada, y huyendo de la posada al agujero, pero era tremendamente rutinaria. Nada pasaba nunca.

Tenía que haber algo más.

Cierto día, como de costumbre, el hobbit se hallaba en la posada, en medio, como de costumbre, de una narración tan fantástica e inverosímil que sorprendió incluso al posadero, quien había oído las historias del hobbit por años. Casi al final de ése día, casi al final de la historia del hobbit, la mitad de media docena de extranjeros arribaron a la posada buscando descanso y asado de ganso. El hobbit no podía creerlo: los extraños que con donaire entraron a la posada -y se sentaron en la mesa que él prefería, nada menos- eran idénticos a los bravos forajidos que, entre muchas hazañas dignas de ser contadas, se aventuraron en la guarida del Amo de los Trolls. Al menos, el hobbit estaba seguro de que así lucían, y para él eso era prueba más que suficiente de su identidad. Incluso pidieron cerveza de la más obscura, de la que más le gustaba al hobbit. De seguro, pensaba él, estas personas de tan fino paladar no podrían tener un oído menos fino, así que decidió ir a amenizar la velada de los seguramente heroicos viajeros.

-Buenas noches, mis señores. Memorable sin duda será esta velada llena de risas, cantos y asombrosas historias. Y todo por el ridículo precio de una cerveza helada.

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Esto no es lo que acordamos -dijo molesto el musculoso Pelnor, acentuando aún más su severa mirada sobre el hobbit.

-Vamos, mi señor, usted, que es capaz de aguantar a un toro sobre sus hombros, seguramente puede aguantar un momento más mientras encuentro... este... condenado mapa... que se empeña en esconderse -dijo el hobbit, mientras vaciaba sus bolsillos.

-�Llevas buscándolo veinte minutos! �Y para que lo sepas, nunca he levantado a un toro! �Y por los dioses, deja de llamarme Pelnor!

-Se los advertí en la posada, ¿No es cierto? -dijo, hastiado, el mago Meldrick, dirigiendo su inconformidad a sus compañeros en lugar de al hobbit- yo les mencioné La Primera Regla Del Viajero: Nunca viajes guiado de la mano de un hobbit.

El rostro del hobbit se arrugó en una mueca de desagrado y sus ojos se cerraron tanto, que sólo una mirada de indignación alcanzó a salir de ellos. �Que cosa más absurda ha dicho, mi señor! -dijo el hobbit, dejando de buscar el mapa y poniendo su mano solemnemente en su pecho- El camino de un hobbit es el lugar más seguro que puede haber.

Y era cierto. En todo el trayecto hasta este punto, ninguna de las trampas ni los guardianes del Templo de Xan'lur los habían rozado. Ni siquiera en esa habitación donde las cuchillas salían disparadas de las paredes.

Todos miraban al hobbit. Incluso Felvara, la más intrépida corsaria y terror de los puertos, a quien el hobbit creía haber hecho una buena impresión. Lo miraban como la gente suele mirarlo cuando la velada se acaba y el posadero les informa que el hobbit los ha dejado con la deuda de los tragos que bebió mientras amenizaba su velada. Increíble -pensó el hobbit- Es como si, a unos cuantos metros de la fama y la victoria, no quisieran llegar allá. Pero no era tan grave, el hobbit ya había estado frente a un público difícil antes.

-Miren -dijo Felvara, recobrando la compostura y tratando de que todos la recuperaran también- sea como fuere, nuestro pequeño amigo nos trajo al Templo Perdido de Xan'lur, e incluso nos dirigió hacia la entrada oculta �No?

-No exactamente -dijo Pelnor, o aquel que tanto se parecía al forzudo gladiador- es cierto que el hobbit nos trajo aquí, pero sólo tras perdernos en el bosque; y es verdad que gracias a él entramos a este templo, pero únicamente porque se tropezó hacia adentro del boquete oculto por las ramas.

Felvara, en respuesta, se volvió hacia el hobbit y se acuclilló para que sus rostros estuvieran nivelados. -Tú sabes a dónde ir �No es cierto? -dijo, tomándolo de los hombros y viéndolo a los ojos- Nos vas a guiar a través de estas ruinas del mismo modo que nos guiaste hacia ellas �Verdad?

-Por supuesto, milady. Es más, síganme, es por aquí -dijo el hobbit, señalando hacia un pasillo obscuro desde donde soplaba una brisa fría, igual a los otros que habían encontrado hasta ahora.

Claro que el hobbit los iba a llevar sanos y salvos a su destino. Si los había traído hasta aquí sin tener la menor idea de dónde se hallaba el lugar, seguro podría sacarlos también.

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El dragón dejó de moverse y se desplomó finalmente, llenando la cámara mortuoria de un breve estruendo seguido de un eco y una ligera nube de polvo. Meldrick -o mejor dicho, el hombre que no quería admitir que era Meldrick- por fin había apagado el fuego que consumía su túnica. Pel... es decir, el hombre que decía no ser Pelnor no dijo nada. Estaba muy cansado y trataba de recuperar el aliento.

-¿Y bien? -dijo la mujer que estaba cansada de repetir que no se llamaba Felvara, mientras pateaba a la bestia lanzallamas cerciorándose de que estaba muerta- ¿Dices que esa puerta de allá es la que estamos buscando?

-Su duda me ofende, milady -dijo galantemente el hobbit- Este abominable monstruo es, sin duda, el guardián más fiero de éste lugar, y lo que guarda, por tanto, es claramente lo más valioso.

-¿Ah, si? Entonces no tendrás inconveniente en abrir la puerta que guarda esta maravilla de la que hablas ¿No es así, hobbit? -dijo el que insistía en que no era Pelnor.

-Recuerden la Primera Regla -añade, muy serio, el mago que ya no quería oír que lo llamaran Meldrick.

-¡Hmmhp! ¡De nuevo esa tontería! ¡Les mostraré que esta puerta, y cualquier otra parte a donde los conduzca un hobbit, es segura! -dijo el hobbit, con una decisión que, hasta hace poco, sólo había conocido dentro de sus propias historias. Y así, decidido, se aferró de la aldaba de la puerta protegida por el dragón, y jaló con todas sus fuerzas, repitiéndose a sí mismo que tras esa puerta no había peligro, como lo esperaban sus compañeros de travesía. Tras esa puerta había algo más.

La puerta se abrió.

Un fulgor blanco se desbordó por la cámara, y dentro del umbral de la puerta, el brillo ocultaba lo que se hallaba al otro lado. Una brisa emanaba de ese umbral.

Una sonrisa se dibujó lentamente en el rostro iluminado del hobbit ¡Es fantástico! -dijo, hechizado por lo que había tras la puerta- ¿Eh? ¡Ah, hola! -dijo el hobbit a alguien del otro lado de la puerta- ¿Qué es éste lugar?.

El hobbit cruzó por la puerta y se perdió de vista al ser cubierto totalmente por la luz. Los héroes se quedaron pasmados, bañados por el resplandor del umbral, indecisos a hacer algo.

Frente a sus atónitos rostros, una inscripción sobre el umbral de la puerta apareció entonces, formada por letras de luz blanca incandescente.

ÉSTA PUERTA LLEVA HACIA DONDE TODO ES POSIBLE. SU BRILLO ES EL DESTELLO DE UN MILLON DE SUEÑOS SOÑADOS EN CONJUNTO. ÉSTE UMBRAL TE CONDUCE HACIA ALGO MÁS.

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