El Pasajero

En la noche del 20 de diciembre de 1849 un violentísimo huracán azotaba a Mompracem, isla salvaje de siniestra fama, guarida de temibles piratas, situada en el mar de Malasia, a pocos centenares de kilómetros de las costas occidentales de Borneo. La ira del mar, sin embargo, no se comparaba con la ira del timonel Salgado, quien gritaba órdenes ahogadas en el estruendo de la tormenta a la tripulación de corsos que luchaba, desesperada, contra el deseo del fúrico mar, empecinado en arrojarlos por la borda. Igual que los marinos, cada bestia ó cosa inerte en la cubierta del Errante se aferraba al bergantín como a la vida misma, resistiendo, ya sea con pezuñas, ya sea con amarras, los embates del mar que los azotaba con avalanchas de agua y sal. En esa nave, en esa noche, sólo el capitán Ortega se mantenía sereno. Sí, la ira del mar era grande, pero no tanto como la del timonel Salgado, quien dirigía miradas fulminantes como relámpagos bifurcados a su bravo capitán. Por su indolencia, el Errante iba a terminar destruido en su necia lucha en ir en contra del mar y del cielo. Esto no escapó al ojo avizor del capitán Ortega.

—¡Ea, Salgado!- dijo, sonriendo, el capitán Ortega- Si hoy mis ojos fuesen a ver por última vez, y tuviera que elegir entre tu faz y el rostro de la tormenta, elegiría a las nubes negras, pues éstas a mi vista placen más porque más mansas parecen.

—¡Hombre loco! ¡No le basta ponernos en peligro de muerte al mandarnos a guerrear contra la ira de la madre de las tormentas, sino que busca más peligro aún al hacer mofa de mi ira contra el necio que nuestra muerte desea!

—Sea el miedo y no el hombre el que habla, Salgado. Tu capitán te manda callar y a actuar como el timonel que bien conoce, y no como el necio que desconoció.

—¡Voto al diablo, capitán! ¡Que la costa de Mompracem no está muy lejos aún! Vayamos todos a buen recaudo y que el Errante cruce las aguas un día más- dijo Salgado, jadeante de pánico, más que de fatiga. Una ola potente sacude a ambos hombres, pero ni la tormenta tiene el poder de aplacar la discusión de estos hombres de mar.

—¡No me dejan oírte los vientos que aúllan en mi rostro y las olas que revientan en la quilla, Salgado! Dijo, empapado, el capitán Ortega- ¡Sigue aferrando el timón y llévanos a donde vamos!

—¡Si tantas ganas tiene de ir a conocer al diablo, váyase usted primero al infierno!- dice un Salgado enloquecido que suelta el timón y saca, temeroso, su sable de su funda.

—¡Salgado, váyase a la bodega a encerrarse con los cerdos y con su miedo o por mi madre que veré en usted a un bellaco amotinado que ruega por la ira de mi sable!- dijo el capitán Ortega, ensombreciendo su faz y aprestando su acero.

—¿¡Con los cerdos…!? ¡Mal rayo lo parta a usted y al buitre que lo parió! ¡Amotinado seré entonces, y todos en esta nave me verán como el que les salvó de un necio orate! ¡Ea!

Y fue entonces cuando en esa noche la mayor violencia no se veía en los rayos del cielo o en el crujir de la quilla contra las olas, sino en el choque de los sables de Ortega y Salgado. ¡Habráse visto rostros como el de aquellos combatientes! Salgado comenzó la danza de los aceros, yéndose con ahínco contra el pirata de los ojos esmeralda. Ortega veloz paraba los tajos del revoltoso, y saltó a su diestra, buscando quedar tras un barril de sidra, muy grande para ser guardado dentro. En vano trató Salgado de alcanzar al capitán, quien fácilmente bloqueaba las arremetidas que su muerte buscaban, ayudado por el gran estorbo que era el barril. Ortega entonces atacó, no al corsario frente a él, sino a las cuerdas que sostenían al barril enorme, para luego patearlo hacia su adversario. ¡Ea, qué asombro se vió en el rostro del timonel! Si bien resistir pudo el embate de las olas, resistir la embestida de un coloso de sidra y madera Salgado no podría, y por lo tanto el timonel quedó prensado entre el tonel y el barandal de cubierta. El capitán Ortega se acercó al inmóvil timonel y lo desarmó de un golpe, y rugió con más furia que la de los truenos que se ahí se oían.

—¡Ea, marinos! ¡Que Vargas tome el timón desde ahora y que el navegante nos ponga de nuevo en curso! ¡Encierren con los cerdos a este perro traidor! ¡Por mi vida les juro que el Errante llegará a las costas de Niue, así tenga que cruzar espadas con todos los facinerosos que busquen impedirlo!

La nochebuena de 1849 pasó desapercibida por los tripulantes del navío comandado por el capitán Ortega, corsario de nacimiento. La lucha contra la tormenta quedó en un empate, pues ni la tormenta había hundido al Errante, ni éste podía quedar en curso hacia Niue. Más motines eran poco probables, pues la lluvia incesante había mojado toda la carga del barco, incluyendo la pólvora de los mosquetes, y todos sabían que el sable del capitán Ortega era invencible en combate, contra uno o contra seis oponentes. El veneno hubiera sido un arma de elección para quien buscara hacerle daño al capitán Ortega, si hubiese habido veneno abordo. No, los marinos sabían que era la tormenta y no el capitán el enemigo contra el que tenían más posibilidades de victoria. Esto lo sabía Portillo el vigía, hombre grueso y recio, quien le gritaba a Vargas, el nuevo timonel.

—¡Voto al diablo, timonel! ¿Es que este mar no termina nunca?

—¡Sé valiente, Portillo! ¡Habrá de llover por lo menos una semana más, pero tú y yo habremos de vivir mucho más que eso!

—¡Mi valor basta, como este mar encolerizado, para ahogar al mundo y otro poco!— dijo, injuriado, el grueso Portillo— ¡Le soy leal a mi capitán y todo hombre que bien me aprecie! ¡Pero también le soy leal al aire que respiro!

La risa de Vargas, el del gran bigote y barba, se oía por todo el barco, mientras él mantenía difícilmente el timón en posición hacia el destino. Dentro de su camarote, el capitán Ortega también reía.

—Pero, ¿cómo dices?— dice Ortega a su pasajero, divertido y confundido a la vez — ¿Qué es esto de un carruaje sin caballos, más veloz incluso que una bala de cañón? Por mi honra que habré de verlo si es que he de creer semejante cosa.

—Así es, capitán Ortega— dijo la figura de la túnica encapuchada— Habrá carros para surcar los caminos, y naves para surcar por doquier. No sólo por sobre el mar que adoras, capitán, sino también por debajo de él. Habrá naves para surcar el cielo, y también para ir más allá de él incluso.

—¿Será posible? —dijo Ortega, inclinándose por encima de la pequeña mesa donde se hallaban los mapas de navegación.

Como respuesta, el extraño viajero sacó de su túnica un artilugio no más grande que la palma de su mano, como una caja con una ventana, desde donde se podían ver imágenes de dichas maravillas, acompañadas de sonidos, producidos, aparentemente, por el extraño artefacto. El joven de los ojos verdes se quedó pasmado, no cabiendo en su propio asombro.

—¿Por qué entonces, viajero, estás en esta humilde embarcación, lejos de todas estas maravillas y prodigios que agracian el distante mañana de donde eres oriundo?— dijo Ortega llevándose una mano a la frente.

—Porque aquí quise estar, del mismo modo que ahora deseo ir a Niue, para seguir mi travesía. Sólo tú, a bordo del Errante, me puede llevar a donde voy, capitán Ortega de Valencia.

—Agradables son tus halagos, extraño, y más agradable es la paga que me ofreces, pero ¿Por qué sólo el Errante puede llevarte a ésta, la más remota de las islas que conozco?

—Porque sólo así podré viajar como tú lo haces, capitán, y vivir la vida de aventuras que llevas y das por sentada. Ésa es una verdadera maravilla, casi olvidada ya en la era que me vió nacer.

El mar entonces quiso terminar la conversación, embistiendo la nave con furia y fallando en su intento de voltearla sólo por poco. Todo objeto en la habitación llueve sobre el capitán y su pasajero, y el agua se mete por todos lados. ¡Ea, que nunca se ha habían visto olas como esas! Portillo, desde afuera, anuncia la llegada de un vendaval como él jamás había visto. El capitán Ortega salió del camarote hacia cubierta, sin pensarlo dos veces. El extraño sonrió bajo su capucha. La travesía estaba por concluir.

La claridad llega discretamente para los tripulantes del Errante, no dejando en claro si aún era 1849 para el capitán Ortega. Por primera vez en días, no había nubes castigadoras o vientos iracundos, ni mar embravecido a la vista. Sólo había arena bajo la quilla y un cielo casi desprovisto de nubes y cargado de azul sobre el capitán y sus marinos, y un gran manto esmeralda más allá de la arena dorada. El murmullo del oleaje y el llamado de las gaviotas eran las fanfarrias que anunciaban el puerto seguro a los hombres de mar. Vargas, el primero en despertar, vió incrédulo al Errante encallado bajo sus pies, con sólo un mástil roto y unos huecos en el casco. Vargas se santiguó y se arrodilló, agradeciendo a toda virgen o santo del que entonces pudiera recordar. Con un grito de ¡TIERRA! logró que todos sus camaradas despertaran de la inconciencia.

El capitán Ortega despertó, así como Portillo y los otros, y miraron con asombro la belleza de su entorno y la belleza de estar vivos. Las tareas de los marinos de un barco encallado, aunque numerosas, podían esperar, a diferencia del descanso y el regocijo. Tal era el privilegio de quienes sobrevivían a la furia del mar.

Ortega entonces recordó al extraño y salió en su busca. Ninguno de sus corsarios lo halló, en el Errante ni en las inmediaciones de aquella playa. Ortega entonces decidió irlo a buscar dentro de la isla, y decidió ir solo, para que sus hombres pudieran contar sus bendiciones en paz. El espeso follaje había sido cortado, revelando por donde había ido un hombre desde la playa hasta el otro lado de la isla, desconocida aún para el capitán Ortega. ¡Hey, que bellos parajes encontró ahí el bravo capitán! El rastro del extraño llegó hacia una caleta de agua azul, a algunas leguas de donde despertó el pirata de Valencia. Cerca de la orilla más próxima de la caleta halló el capitán al extraño, aun en túnica, dirigiéndose a una cueva dentro de un gran peñón coralino que ahí se hallaba.

-¡Eh, extraño! ¿Por qué vagas en esta isla, desierta y desconocida aún para mí?

-Porque hemos llegado, Álvaro Ortega y Alcázar, pirata de Valencia. ésta es la isla de Niue, la isla más remota que conoces.

-¿Pero... cómo? ¿Cómo es esto posible, extraño, cuando sé que ningún hombre, ni siquiera tú, puede comandar a la tormenta o al azar?

-Lo sé, capitán Ortega, como supe que te hallaría en aquel puerto, o como supe exactamente qué ofrecerte como pago para que aquí me trajeras. Por cierto, tu paga la hallarás en aquél cofre, a unos metros, entre aquellas palmeras.

Incrédulo, el capitán fue a constatar las palabras del extraño, que no había dejado de avanzar lentamente hacia la cueva de la caleta. En un gran cofre de madera, cuyo contenido iluminó con luz dorada el rostro del pirata de los ojos verdes.

-¿Qué es esto, extranjero? ¿éste es mi pago, la satisfacción de mi corazón inquieto? ¿Algunos doblones y dos rollos de papel? ¿Qué estafa es ésta?

El extraño se deshizo de su túnica, revelando la ropa más extraña que el capitán Ortega haya visto jamás. Conforme se acercaba a la entrada de la cueva del peñón, ésta comenzaba a despedir un viento suave y una luz cegadora.

-Te he pagado, capitán. Seis mil doblones españoles te permitirán navegar al Errante, la alegría de tu corazón, por siempre. El primer pergamino muestra el paradero de la desaparecida hija del sultán de Brunei, la mujer capaz de llenar a ése corazón tuyo que mencionas. El último detalla el escondite del hombre que a tu corazón hirió, al matar a tu padre y madre. Estas cosas son las que tu corazón, y el mío, anhelan. Aventuras y emoción.

El silencio del capitán habló por él.

-¿A dónde vas, extraño?

-Si deseas saberlo, capitán Ortega, no temas al resplandor...

...Crúzalo

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