El Arte de la Guerra

La Estrategia es el arte del guerrero. Los comandantes deberían ser la imagen de este arte, y las tropas deberían conocer sus senderos. Sin embargo, no existe un guerrero en el mundo actual que realmente comprenda el Camino de la Estrategia. Yo sí lo comprendo. Por eso puedo romperle la cara a quien sea, humano o sobrehumano.

Tsao Yan me mira estupefacto, horrorizado, a través de sus lentes oscuros hechos pedazos. Creo que es la primera vez que alguien le rompe los dientes. Todos sus hombres yacen en la azotea, inmóviles y maltrechos, pero no están muertos. Yo no mato humanos sin motivo. Los demonios, por otra parte...

—¡Perro chung kuei! ¿Cómo te atreves a venir aquí, a golpear a mis empleados y a retarme como si fuéramos iguales? ¡¡Yo soy temido en las diez cortes del Di Yu!!

—¡Tsao Yan! ¡No eres más que una yaga infecta en el mundo de los vivos! ¡Yo soy Fong Si Yu, y vengo a partirte en dos!

Le propino una rápida patada lateral en las costillas para mandarlo lejos, donde no me interrumpa mientras empiezo a canalizar mi chi. Tsao Yan cae con fuerza en el concreto de la azotea, rueda un poco y se pone de pie aprovechando el impulso. Está furioso, sus ojos podrían incinerarme con puro odio. Tsao Yan se quita rápidamente su elegante saco color mostaza, su corbata blanca y esos lentes destrozados. Se prepara para atacar, situándose en medio del círculo que marca la zona de aterrizaje para helicópteros. No importa. Exhalo, inhalo. Mis músculos son de piedra, y mis tendones, de acero. Mis músculos son de piedra, y mis tendones, de acero. Mis músculos...

Tsao Yan adopta una pose de pelea que no había visto antes, y luego salta doce metros hacia arriba, al cielo enrojecido del atardecer. Baja en picada lanzando un inhumano alarido de furia, buscando quebrar mi cráneo con su tobillo derecho. Qué idiota. Miro hacia arriba, esperando el último momento, y centro todo mi chi en la palma de mi mano tensa. Exhalo, inhalo. Mis huesos son del más puro jade, y mis manos son armas. Mis huesos son de jade. Faltando veinte centímetros para mi muerte, alzo el brazo por encima de mi cabeza y le quiebro la pierna, pegándole en el talón con el talón de mi mano. Mis manos son armas. Tsao Yan se precipita hacia arriba de nuevo y cae de espaldas por segunda vez. Grita y se retuerce de dolor, y me aproximo para terminar con él. Ahora el tonto soy yo. Tsao Yan saca la pistola de la funda de su cinturón con rapidez increíble, y dispara a mi cabeza. Acierta dos veces y falla una. La expresión de Tsao Yan no tiene precio.

—¡Hijo de tortuga! ¡¡No eres humano!!

Me puse en grave peligro por imprudente, pero la cara de histeria de Tsao hace que valga la pena. Sonrío y le muestro las balas atrapadas entre mis dientes, aún humeantes, antes de escupírselas en la cara. Le pateo la pistola de la mano. Lo tomo por las solapas de su camisa negra y lo sacudo mientras lo amenazo con mi puño.

—La Espada de Wu Xi'ang. Dámela. Esperaré a que tus hombres despierten para que presencien esta derrota humillante. No podrás morir con honor.

—¿La quieres...? —dice Tsao. Debí inmovilizar sus manos. El yaojing lanza sus manos hacia atrás y propina dos golpes terribles al concreto de la azotea, haciendo un hueco bajo nosotros por el cual caemos a su oficina. El lugar es una enorme nube de polvo de concreto y sombras. Caí de costado sobre una silla. No me lo esperaba y no pude tensarme para soportar el impacto. Duele. No volveré a ser tan estúpido y confiado. ¿Qué diría mi sifu si me viera?

—...aquí la tienes —dice siseando la voz de Tsao, oculta por la oscuridad y el polvo que se niega a asentarse.

Un relámpago de acero brillante parte la oscuridad y casi a mí también, si no hubiera estado atento. Tsao Yan creó un corte tan potente y veloz, que el aire generado por el tajo barre con todo el polvo. Oigo un ronroneo gutural y un siseo. Las luces, no sé porqué, se encienden solas cuando esto ocurre.

La oficina de Tsao está vacía. Este lugar es la oficina de un exitoso hombre de negocios chino. Lo único que estropea la apariencia pulcra y moderna es el escombro tirado por doquier y la pierna humana ensangrentada encima del escritorio. Está arrancada desde la articulación de la ingle, y aún tiene el zapato y un calcetín puestos. Tiene una fractura expuesta en la rodilla...

—¡¡MUERE!! —dice Tsao Yan detrás de mí, antes de descolgarse del techo de su oficina buscando empalarme con la espada. El truco de la pierna fue bueno, me distrajo. Si no me hubiera avisado con su grito, tal vez me hubiera atravesado a mí en lugar de al piso. El escombro tirado no me deja moverme a gusto, pero me doy vuelta de todos modos.

Tsao Yan ya casi no parece humano. Su ropa está desgarrada. Sus músculos están hinchados, como un fisicoculturista. Sus ojos son dos brasas que arden de color azul. Y tiene una nueva pierna, con piel de serpiente y dedos que terminan en garras. Tsao logra zafar la espada del piso y me amenaza con ella. Su lengua ahora es larga y bifurcada, como la de una cobra.

—Ssss... vas a morir por la misma arma que estás buscando, chung kuei. ¡Primero te cortaré la pierna!

Tsao Yan usa toda la fuerza de sus brazos hinchados y de la Espada de Wu X'iang en su ataque. Pobre.

—¿Qué...? ¿¿Cómo??

La hoja de la espada está atrapada entre la palma de mi mano y mi pulgar. No corta mi mano. Esa arma pudo partirme a distancia usada apropiadamente, pero Tsao Yan, por supuesto, no lo sabe, y sólo la usa como una simple espada con un filo terrible. Si supiera...

Le pego un puntapié en la manzana de adán. Resultó mejor de lo que pensaba, no creí que la fuera a soltar. Tomo la espada y lo parto de cadera a cadera. Ambas mitades caen y se mueven, rehusándose a morir. Su rostro es más colérico que antes.

—¿Crees que ganasssste, verdad, humano idiota? La muerte te essspera donde menos la anticipassssss. ¡Pediré a los Reyessss Yama que me dejen ssser el que administre tu tortura en el Di Yu! ¡Eressss hombre...!

Me harto de escucharlo y corto su cabeza en dos. Por fin muere. Qué bien, tenía miedo de dejar aquí dos mitades de cabeza diciendo sandeces. No quisiera ser el pobre diablo que mañana se encontrara con tal escena.

Tsao Yan y yo somos guerreros, pero sólo uno de nosotros sabe guerrear.

La guerra es un asunto de vital importancia para el Estado; un asunto de vida o muerte, el camino hacia la supervivencia o la destrucción. Por lo tanto, es imperativo estudiarla profundamente. Para ello, no hay ningún profesor como mi maestro, sifu Bai Hu. Sifu no me ha entrenado desde los diecisiete años, pero sigo siendo su alumno y lo visito una vez al año, o cuando tengo una pregunta que hacerle. Hay que tomar un jeep y conducirlo desde Xi'an hasta las montañas, y cuando se acaba el camino, hay que andar a pie por al menos una hora, y lo hago con gusto. Vale la pena. Sifu Bai ha visto mucha acción a lo largo de su vida, y tiene mucho que enseñar. Cuando cumples cuatrocientos veinte años, te sobran lecciones para tus discípulos.

Todo está como lo ví la última vez, el kwoon, la duela, los braseros y sifu, no han cambiado. Pero algo está, no sé, fuera de lugar. Nunca me había sentido así en el kwoon de mi maestro. Sifu está de rodillas, sentado sobre sus tobillos, al final del pasillo de entrenamiento, como siempre. Me detengo a tres pasos de donde está, y asumo su misma posición.

—Sifu, te he traído la Espada de Wu X'iang, que capturé tras darle muerte a Tsao Yan, el perro yaojing, con las técnicas que me has enseñado. También te he traído una pipa nueva, y este vino extranjero, que te compré en Xi'an. Son de muy buen...

—Fong Si Yu. ¿A cuantos maestros yaojing has matado?

—A tres, sifu. Hsi Chuen, el perro chiang—shi; Yoko Shimada, la bakemono extranjera y Tsao Yan, a quien acabo de derrotar en Shangai hace una semana. A los tres les he quitado sus reliquias, y te las he traído.

—Cierto es, pero los maestros yaojing que buscamos son cuatro, Fong Si Yu, así como las reliquias que cuelgan de la pared de este kwoon.

—Sí, sifu —digo, con la cara roja de vergüenza.

—¿Has encontrado al último?

—Por eso he venido a verte, sifu.

Por fin he notado qué tiene de diferente este lugar. Las paredes... los edictos sagrados del ermitaño, no están. Ninguno de los ocho pergaminos.

—Has hecho bien. Déjame ver la espada.

—Aquí la tienes, sifu Bai Hu. Sifu, dime, ¿Qué le ha ocurrido a los sagrados edictos del ermitaño?

No hay respuesta. Sifu está maravillado con la hoja de la espada, absorto al contemplar su brillo. Es como si la viera por primera vez. Nunca había visto esa mirada en sus ojos... tampoco había notado que sifu está flotando a ras del suelo...

—Hice mal en sugerir que fracasaste, hijo mío. En verdad has cumplido tu promesa.

—Falta que te traiga la última reliquia imperial, sifu.

—La cuarta reliquia está aquí.

—¿Cómo? aún no he hallado al último maestro yaojing.

—Lo has hallado.

Era justo lo que no quería oír. Sifu, perdóname. Doy un salto acrobático hacia la pared izquierda, hacia la jiujiebian. Tomo la cadena y azoto al hombre que me enseñó todo lo que sé, con fuerza suficiente para partir una pared de piedra. Sifu Bai detiene el latigazo de la cadena con un índice y un anular. él me enseñó cómo hacerlo. Sonríe, y con ambos dedos él me quita la jiujiebian, y, en un tiempo imposiblemente corto, me lanza tres latigazos cortantes. Me obliga a correr y saltar por todo el pasillo para evitar que me rebane mis extremidades o mi cabeza. No me mata, pero corta profundamente mi pecho, mi pantorrilla derecha y mi antebrazo izquierdo. Ya necesito atención médica, y mi maestro ni siquiera se ha movido de su lugar.

Sifu me lanza la juijiebian, sabiendo que voy a esquivarla. Sifu Bai esgrime la Espada de Wu X'iang mientras el arma que me arrojó se incrusta en la pared detrás de mi. Estoy muerto. No hay manera de escapar de un maestro como Bai Hu. No voy a poder dañarlo, y mucho menos si está armado con... hey, "no voy a poder dañarlo"... "YO no voy a poder dañarlo"... Hmmmm... Va a doler, pero no se me ocurre ninguna otra salida.

—¡¡¡Demonio!!! ¡Pagarás con tu vida el haberte atrevido a poseer a mi maestro! ¡¡MUEREE!!

Corro hacia el hombre que fue mi sifu, quien se apresta a recibir mi carga mientras ríe. El Bai Hu que yo conozco jamás había reído, al menos, no en mi presencia. Me concentro. Uso todo mi chi, como nunca antes. No quiero morir. Va a atacar ¡Ahora!
La Espada de Wu X'iang me atraviesa. Tensé mis músculos y me moví lo más rápido que pude, y sólo pude evitar que me atravesara el corazón. Siento su terrible filo helado a través de mí, y sé que si mueve la mano un poco podrá partirme como si fuera papel de arroz. Me aferro a la hoja de la espada, que esta vez sí corta la palma de mi mano, y hago lo que nunca creí hacer: Rezo.

—S—sifu... ¿Rec... *uunnngghh* recuerdas qué fue lo primero q—que me en...señas...te?

—Lo que sea que haya sido— dice el demonio, sonriente— obviamente no lo aprendiste, Fong Si Yu. Mi nueva alma me hace libre para decirte cuán decepcionado siempre he estado de ti.

—T—te equivocas ´┐Żalcanzo a escupir, junto con un borbotón de sangre— Aprendí muy bien ésa... esa lección, y—y eso... es lo que... m—me va a s—sal—var...

Tomo sangre en mis dedos. Tengo bastante, en mi boca y en mi abdomen. El falso Bai Hu se ríe, y ya lo siento tensar su muñeca. Rezo una vez más para que no me parta antes de tiempo.

—Dime, hijo mío ¿Qué técnica pude haberte enseñado que no conociera yo a la perfección? ¿Qué arte vas a usar contra mí, moribundo como estás y empapado en tu propia sangre?

—Caligrafía.

Inscribo con mi propia sangre el ideograma del primer edicto sagrado del ermitaño en la hoja de la espada. La empuñadura brilla como metal candente, y el demonio yaojing la suelta, al quemarse con un calor que sólo él siente. Casi no duele cuando saco la espada, pero me asusto al ver que sangro más rápido. Debo calmarme. Exhalo. Inhalo. Tenso mis músculos, mis venas, mis células. Que la herida de mi estómago se haga pequeña. Duele mucho. Bai Hu está de pie y ha dejado de gritar. Aunque tengo la espada, sifu aún es capaz de matarme sin tocarme siquiera.

—¡¡Perro chung kuei!! No volverás a engañarme. ¡Todo lo que tengo que hacer es matarte a distancia y no volverás a inscribir esos malditos edictos en ninguna parte, jamás!

No digo nada. Me quito los jirones ensangrentados de mi camisa y tomo sangre otra vez. Debo dibujarlos... al revés... debe ser al revés... en la espada. El demonio dentro de Bai Hu hace que mi sifu ejecute la pose más mortífera que él me haya enseñado, y yo apenas puedo respirar mientras lo veo canalizar una cantidad monstruosa de chi. Va a usar el Dim Mak. Alzo con dificultad la espada sobre mi cabeza... que no termine de hacerlo... todo mi cuerpo está deshecho...

El sol del atardecer pasa a través del pasillo y se refleja en la hoja de la espada, y el segundo edicto sagrado, dibujado en sangre y luz rojiza, se proyecta en el rostro del falso Bai Hu. ¡Qué grito más horrible! El demonio se retuerce y trata de escapar. Por suerte, tengo mucho sol todavía. Sifu tarda en caer, y ese olor de carne quemada que despide me da náuseas. El sol se ha puesto, pero está bien, el falso Bai Hu no se mueve. De pronto, yo tampoco...

Mi vieja habitación. Sigo en casa de mi sifu, y como mis heridas están sanadas y mi cabeza sigue encima de mis hombros, asumo que sifu ha regresado a la normalidad. No sé cuanto tiempo ha pasado. Me siento bien. No sólo no me duelen mis heridas, sino que me siento a gusto conmigo mismo. Es normal. No todos los días sobrevives a un combate a muerte contra tu propio maestro.

Me levanto de mi cama con un salto. No hay rastro de la pelea en ningún lugar, ni de mi piel, ni de la casa, ni siquiera del kwoon. Me alivia mucho ver nuevamente los edictos en el mismo lugar donde los vi colgados durante tantos años. Mi sifu, al parecer completamente sanado también, está meditando en el bosque de bambúes, afuera de la casa. Está sin su camisa, ejecutando formas básicas de Tai Chi. Tengo entendido que hace casi un siglo que no lo hace.

— Sifu. Me da gusto verte. Esta vez, al verdadero tú.

— Fong Si Yu, es bueno verte despierto al fin. Tu excelente actuación de hace tres días me ha mostrado una debilidad y desequilibrio que ignoraba que tenía. Mejoraste mucho, y me has hecho mejorar a mí por consecuencia. Salvaste a tu maestro. Estoy orgulloso de ti.

¿¿Tres días?? ¿He dormido tres días seguidos? Sabía que sifu conocía remedios milagrosos muy antiguos, pero nunca me tocó ver uno de ellos en acción. Así es el maestro que yo conozco: Capaz de perforar una plancha de acero con un dedo, y de curar con un soplido. Me pregunto por qué soy yo el que sale a pelear con los yaojing...

— Sifu ¿Cómo pudo el demonio poseer tu cuerpo de ese modo?

— Del mismo modo que se apodero de la Espada de Wu X'iang que tú tenías, Fong Si Yu. él tenía el poder del cambio y el engaño. Vino aquí pretendiendo ser mi discípulo.

— Y ahora entrenas para que no te vuelvan a pillar con la guardia baja ¿eh?

— No, Fong Si Yu. Me preparo para la batalla inminente.

— ¿Cuál batalla, maestro?

— La que el Emperador Demonio traerá a las puertas de esta casa, o donde sea que nos encontremos.

— ¿Qué? Pero, yo maté a los cuatro maestros yaojing, y con ellos muertos...

—...el Emperador estará furioso. Y con las reliquias en nuestro poder, su cólera será más grande aún.

— Entonces ¿Era cierto que las cuatro reliquias imperiales están reunidas, con nosotros?

— Sí, hijo mío. No usé la que el demonio traía consigo, porque el Escudo de Chi Yu no puede ser usado contra un chung kuei. Sólo contra demonios y enemigos del emperador.

—¡Les va a hacer falta sin duda, malditos cerdos chung kuei! — dice una voz detrás de nosotros.

Y justo como dijo sifu, los hombres del Emperador Demonio vinieron por nosotros. Una desgarradura en mitad del aire, ardiendo y sangrando por dentro, sirve como zaguán de una puerta abierta desde el Di Yu, el mundo del Emperador Demonio. Por ahí, entran al menos tres filas de demonios deformes marchando por el bosque de bambú que nos rodea, y junto con ellos, entran mil alaridos estridentes de mil almas siendo torturadas al otro lado de la rasgadura. Y yo que pensaba en desayunar.

—¡Fong Si Yu, aprisa! ¡Las armas!

—¡Mátenlos! ¡Llevaremos sus cabezas incrustadas en lanzas por las diez cortes del Di Yu en honor de nuestro Emperador! — dice alguien entre los demonios.

Corro hacia la casa y me cortan el paso seis bestias nian. Se dieron cuenta de que eso fue una mala idea cuando rompo la quijada inferior de una de ellas de una sola patada, la tomo de la melena y la arrojo sobre otras dos con un movimiento de Tai Chi. Trato de esquivar a las otras tres bestias, pero me alcanzan rápidamente y una de ellas muerde mi hombro derecho, clavándome sus dientes hasta el hueso. Le regreso el favor con un puñetazo en la frente, que hace añicos su cráneo. Sigo corriendo hacia el kwoon, con las dos bestias restantes tras de mí. Las bestias no tardan en salir volando en dirección opuesta, una vez que alcancé la pared y las golpeé con el Bastón del Monje. Salgo de la casa tan rápido como entré, y veo que sifu ya está rodeado de al menos una veintena de demonios muertos. Hay más de trescientos esperando su turno para pelear con sifu Bai, y la rasgadura hacia el infierno no se ha cerrado. Pobres. No saben lo que les espera.

— Maestro, tome: el Arco de Shen Yi y el Bastón del Monje. La Espada y el Escudo son para mí.

Los demonios se vuelven una turba y cargan en conjunto. La tierra tiembla. Cierro lo ojos e inhalo, como mi maestro.

— Recuerda la mayor fuerza del guerrero, Fong Si Yu. Una espada no es nada sin la mano que la esgrime. Un ejército es tan bueno como la estrategia que sigue en batalla ¿Cuál es la mano que te guía? ¿Cuál es tu estrategia?

Los demonios rugen. Están a diez pasos. Exhalo y abro los ojos. Mi chi está explotando.

—¡La mano que me rige es el puño del Emperador de Jade! ¡Mi estrategia es su designio! ¡Soy un chung kuei!

Salto recibiendo una nube de fechas y aguijones en el Escudo de Chi Yu, aterrizo y corro listo para cortar en dos a la primer hilera de cien demonios que viene cargando...

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