Crimen en Breadmaker Street

Carta 1

A la Sra. I. Worth, Inglaterra.

San Petersburgo, Diciembre 11, 189—

Te regocijará saber que ningún desastre ha acompañado el comienzo de la empresa que con tan aciagos presentimientos contemplaste. Hemos llegado aquí desde ayer; y mi primer tarea es asegurarle a mi querida hermana de mi bienestar, y el incremento de mi confianza en el éxito de mi tarea. Me he hecho buen amigo del profesor Livanov, un prominente catedrático de la joven Universidad del Estado de San Petersburgo, quien me ha alojado y me ha facilitado el acceso las instalaciones de esta institución, bajo la impresión de que he venido a instruir a los alumnos. El famoso clima gélido de San Petersburgo ha hecho una excepción a su transcurso habitual y ha cedido paso a una inesperada precipitación, que según me dicen, no ha cedido desde un día antes de mi llegada. Me he instalado en una buhardilla, en una gran casa en desuso, convenientemente cerca de la universidad. Mis instrumentos de trabajo han llegado junto conmigo, casi intactos. Desde el día de hoy, en cuanto deje esta carta a la oficina de correos, comenzaré mi trabajo sin demora. El alto nivel de los debates y los brillantes seminarios que aquí se conducen, concernientes a los nuevos descubrimientos hechos al otro lado del mundo (como los que han hecho los americanos sobre la naturaleza del fluido eléctrico, o los de los italianos, acerca de la generación artificial de dicho fluido y su posible almacenaje) casi me hacen olvidar el motivo de mi estancia aquí, a saber, las cátedras médicas y químicas que aquí se imparten. Las redomas y disecciones son lo que ocupará mis días en los meses por venir. Sin embargo, llaman mi atención las nuevas ideas de los físicos, y no les descuidaré del todo. Estoy seguro que lo que busco no he de hallarlo en una sola disciplina, sino en varias. No te aflijas si no llega noticia mía, pues la ciencia en la que le hallo inmerso es un ama celosa y demandante, que solo me dará lo que busco si le dedico mi atención incondicional y completa. Haré lo posible por escribir, especialmente en caso de dar con lo que vine decidido a hallar entre estas paredes y salones, donde siento —afirmo— que se esconde la respuesta al dilema que me trajo aquí. Verás que tus temores fueron en vano.

Afectuosamente

Adam W.

—¿Y no ha recibido alguna notificación de la Universidad de San Petersburgo desde entonces, señora Worth?

—Apenas la semana pasada, doctor Bruce. Después del primer año de silencio, temí que algo le hubiera pasado a mi hermano, pero esperé que me contactara. Tuvieron que pasar tres años antes de que mi miedo me hiciera ir contra los deseos de mi hermano, y mandé un total de tres cartas a Rusia, al remitente desde donde me fue enviada la carta que vengo a presentarles, con la esperanza de estar equivocada. No hubo respuesta, y eso acrecentó mi angustia. Desesperada, mandé una más, esta vez directamente a la Universidad, y ésa, desgraciadamente, sí tuvo contestación.

—¿Desgraciadamente? No comprendo...

—Amigo Bruce, por favor permita que la dama continúe exponiendo su caso.

Sherrinford Bell, tras regresarle el uso de la palabra a lady Worth asintiendo ligeramente, llenó de tabaco oscuro su pipa y continuó proyectando su mirada a través de la ventana, hacia la tormenta que azotaba Breadmaker Street, como si su mente hallara solaz y quietud en la violencia de la lluvia y en el ardor furioso de los relámpagos. La afligida señora tomó un rápido sorbo de su té, e imitó a Bell, dirigiendo su mirada hacia las llamas anaranjadas que danzaban en la chimenea de la sala. El doctor Nigel Bruce esperó incómodamente durante varios minutos, hasta que la mujer reasumió su historia.

—La carta vino dirigida a mí, como un pésame. Me decía que Adam había sufrido un accidente mientras trabajaba en su casa. Hubo un siniestro en su laboratorio, y vecinos y los hombres de la universidad sólo hallaron cenizas y escombros cuando llegaron a socorrerle. Dicen que poco quedó de él, o de sus pertenencias.

—Lo lamentamos mucho, señora Worth, en verdad que sí — dijo Bruce, sinceramente afligido.

—Dígame, señora Worth —dijo Bell al mismo tiempo que apartó su vista de la tormenta, aunque no su cuerpo de la ventana— en la carta que nos ha mostrado, su hermano menciona que usted ya le había advertido sobre este viaje. También hace mención de estar en pos de algo. ¿Puede decirnos algo al respecto?

—Señor Bell, mi hermano era la persona más brillante, coherente y lúcida de todo el Reino Unido. Él era un hombre admirado y respetado por todos quienes lo conocieron. Sólo cuando mi cuñada cayó enferma de tuberculosis fue que mi hermano cambió.

—¿A qué se refiere?

—A que mi hermano no estaba... bien cuando emprendió el viaje. No era él mismo.

—Mmhh... prosiga, por favor — dijo Sherrinford Bell, esta vez encarando totalmente hacia lady Worth, mientras soltaba una humareda de su pipa, como una locomotora en funcionamiento.

—Bueno, cuando Helena —mi cuñada— enfermó, él desesperó como todos nosotros, quizá más aún. Pasados los primeros días de la aflicción, mi hermano dejó de estar al pendiente de su mujer, y comenzó a encerrarse en su estudio. Adam pasó muy poco tiempo junto a su esposa a partir de entonces, especialmente en los últimos días. Ella, Dios la guarde en su gloria, sintió gran pesar por ello. Adam se encerraba en su estudio, inmerso en su trabajo.

—¿No sabían que hacía el señor Worth en dicho estudio? ¿Cuál era su oficio, a todo esto? —dijo, cada vez más intrigado, Sherrinford Bell.

—Él es académico. Los libros fueron sus mejores compañeros desde la infancia. Él se inclinaba por las ciencias abstractas, ya sabe, cálculos y todo eso, pero Adam nunca dejó de aprender. El conocimiento era su castillo y su parroquia. Lo único que lo sacó de su estudio fue la muerte de mi cuñada. Pobre. No debió perderse los últimos momentos de su esposa en esta Tierra. Lo vi velar la tumba de Helena durante dos semanas completas.

—¡Por Dios, señora! ¿Dos semanas? ¿Es que nadie hizo el intento por reconfortarlo? Debió existir alguien que apelara a la cordura de ese hombre —exclamó, sorprendido, el doctor Bruce.

—Nadie pudo alejarlo de ahí. Mi hermano hablaba junto a la sepultura, como si ella estuviera conversando con él. Decidí que lo mejor era alejarlo de Londres, usando su amado conocimiento como cebo. Pero, por Dios que es mi testigo, pronto lamenté esa elección.

—¿Por qué? —preguntó Bell.

—Porque vi que el proponerle tal idea sólo avivó más su extraño comportamiento. Estaba demasiado ansioso por ir, y vi esa mirada... como la que tenía cuando demandaba que lo dejaran sólo en su estudio. Eso no me pareció bueno.

—Me parece una tragedia lamentable, sin duda, señora Worth. Merecedora de toda condolencia. Sin embargo, díganos, ¿Por qué requiere de nuestros servicios? —preguntó el doctor Bruce.

—Porque la noche de antier han asaltado mi casa, señores. Entraron en mitad de la tormenta, han matado al cuidador y a los perros de la casa, y han hurtado cosas de mi hogar.

—¡Pobre mujer! —exclamó el doctor Bruce— Díganos, ¿Hay alguien de quien sospeche?

—Me temo que de mi hermano, señores míos.

DEL DIARIO PERSONAL DEL DOCTOR ADAM WORTH

En 1902 me doctoré en medicina en la Universidad del Estado de San Petersburgo. Después de haber perfeccionado mis estudios en Moscú (siendo así la costumbre de todos los médicos militares), me destinaron al 5o de infantería de la Armada de Vladivostok, en calidad de médico mayor. Yo insistí en ello, pues era una oportunidad irresistible. Fue todo un problema viajar con todos mis libros de consulta, mi equipo y mis sujetos de prueba, pero la necesidad de médicos de la milicia rusa fue tal, que accedieron con pocas condiciones a darme los medios de transporte y almacenaje de tal cruciales herramientas. Este estudio de campo disminuirá enormemente la brecha que me separa de mi meta.

Fue necesario un hiato en mis estudios para hacerme de una reputación en el frente, al salvarle la vida a no menos de diez soldados heridos de gravedad, y de salvarles de la amputación a no menos de treinta soldados. Esta racha de intervenciones exitosas me ha garantizado la confianza que es menester que consiga, si es que he de conseguir pacientes que puedan ayudarme a comprender qué he estado haciendo mal. Los primeros cosacos en caer en mis manos, como ya he dicho, debieron ser intervenidos de manera convencional para así no dejar en duda que mi misión aquí es la de ejercitante de una disciplina dominada, y no la de un estudiante de una ciencia aún incipiente. Conforme me hice de confianza en este batallón, pude separar a los pacientes de operaciones fallidas de los demás fallecidos para efectuar mis primeros experimentos con total discreción.

Aún no entendía la naturaleza del proceso descrito en estos manuscritos bávaros, de costosa y furtiva adquisición, provenientes de la Universidad de Ingolstadt. El texto menciona muchos procedimientos adjuntos a los tratados anatómicos y bioquímicos que conforman la mayoría de la obra, procedimientos que contradicen muchas de las ideas que tardé años en adquirir en San Petersburgo. El manuscrito hace continua referencia, por ejemplo, a la importancia del equilibrio de los humores en el sujeto a ser tratado, una idea obsoleta que se contrapone a las aplicaciones progresistas de las teorías de Galvani que el mismo libro expone unas páginas más adelante. El éxito, aunque cercano en más de una ocasión, se rehusaba a hacer acto de presencia. No podía demorar más en dar con el error que me impide conquistar el significado oculto de estas notas. Aunque la provisión de material fresco no era ninguna preocupación en este frente de batalla, el abastecimiento de formaldehído y de otros reactivos cruciales estaba en sus últimas reservas, y el asedio enemigo impedía reabastecer dicha provisión de químicos.

Pero pronto se reveló la respuesta, proveniente nada menos que de mano de la naturaleza misma, causante de mi tragedia en primer lugar. Una terrible tormenta eléctrica se desató en la Víspera de Todos los Santos, la cual asoló el campo de batalla, recrudeciendo aún más las condiciones en el frente, y amenazando con hacer volar mi tienda de campaña. El fuego de un cañón enemigo terminó con la vida de una unidad completa de infantes, y todos sus cuerpos quedaron incompletos por la explosión. Difícilmente podía esperar por una oportunidad igual. Mandé por los cuerpos de estos hombres y pedí que los prepararan para intervenirlos, argumentando que esta operación pudiera ser determinante en caso de que alguno no estuviese muerto del todo y tuviera posibilidades de sobrevivir. La exaltación que sentí aquella tarde ante esa apremiante oportunidad me hizo ignorar muchos factores que, en circunstancias más calmadas, me hubiesen detenido sin duda. Estos hombres eran casos de diferentes humores dominantes que no se correspondían, y algunas de sus heridas mostraban mucho tejido quemado, poco adecuado para la transmisión de fluidos sanguíneos, humorísticos y sutiles. Había que seleccionar partes que se correspondieran, y que estuvieran en perfecto estado, así que tomé lo mejor de cada hombre. Esta ardua tarea no se vio interrumpida por enfermero o soldado alguno, siendo que la tormenta y el ataque enemigo arremetían contra nosotros por ambos flancos, y demandaban toda la atención de los combatientes, pero la escasez de material apropiado o de ayuda me orillaron a realizar un trabajo burdo y grosero a la vista, incluso obligándome a mantener el cuerpo unido con clavos y agujas provisionales.

Fue en la fase crucial del procedimiento cuando supe que el cielo mismo iba a involucrarse en éste, el momento más dramático en la vida del conocimiento científico. En completa actividad febril, infusionando los humores y fluidos en el cuerpo a ser tratado, no advertí que el tremendo azote del viento por fin consiguió arrancar mi tienda de campaña del suelo, hasta que noté finalmente que el violento aguacero caía sobre mí y sobre mi paciente. En un momento de extremo fervor científico, seguí trabajando a pesar del torrencial azote, hasta que el cielo rugió estrepitosamente y todo se hizo luz, trueno y fuego. Ya antes leí acerca de Franklin y de su pararrayos, pero no tenía idea que varios implementos quirúrgicos podían hacer las veces de una varilla de acero conductor. El increíble dolor de mi brazo y mi pierna quemados por el rayo, y mi ceguera y sordera temporal, fueron visitantes fugaces que pronto se fueron al presenciar lo anhelado frente a mis ojos que poco a poco recobraban vida. Lo que primero fue una vaga silueta, luego una sombra, y finalmente un hombre, se incorporaba de la mesa de operaciones, luego de haber sido creado de una variedad de cuerpos ya sin vida. Cuando pude oír de nuevo, oí un grito, el grito de un hombre que nace, tan estruendoso como el rayo que lo imbuyó de movimiento, más retumbante que el disparo de los cañones que le dieron muerte. Un nuevo ser humano, mi nuevo ser humano, vivía de nuevo, anunciando su nacimiento con poderoso alarido. ¡éxito al fin! ¿Mi error estuvo acaso en usar sólo un cuerpo y no muchos, como lo sugerían las anotaciones de mi texto germano? ¿Estuvo en el orden de inyección de fluidos, o en el hecho de haberlos aplicado al cuerpo antes del momento mismo de la energización eléctrica? ¿Acaso algún reactivo previamente no utilizado fue la diferencia que condujo al resultado? Todas las variantes han de ser consideradas, si es que he de repetir tal hazaña. A éste enorme avance ha de seguirle otra etapa de rigurosa experimentación, pero han terminado mis desesperados intentos de vencer al tiempo. He visto que la reanimación de una persona inerte, aún una con severo daño a los tejidos, es posible. Debo regresar a San Petersburgo, a mi laboratorio cerca de la Universidad. Ahí, podré generar gran cantidad de electricidad de manera artificial, y así, no depender del capricho de la naturaleza, que sólo hasta ahora ha tenido a bien proveerme, y probablemente hoy nada más.

La sola mirada de éste cuerpo maltrecho y trastabillante parado frente a mí, me asegura que no pasará mucho tiempo antes de mi regreso a Londres, al lado de Helena.

La visita de lady Elizabeth Worth a nuestro domicilio definitivamente tuvo un efecto en Sherrinford Bell. Después de nuestra solemne promesa de investigar el robo, Lady Worth procedió a retirarse, subiendo al coche que Bell salió a conseguir y perdiéndose en la tormenta. Sherrinford, tras desembarazarse de su sombrero y su abrigo empapado, procedió a tirarse cuan largo es en el diván de la sala, terminando de fumar el contenido de su pipa, y dejando que su mirada se perdiera en ese mundo de elucubraciones y humo de tabaco. Quise hacer lo mismo que mi peculiar camarada, pero la mórbida narración recién expuesta en esta habitación, al igual que el aullido del viento y los terribles relámpagos nocturnos, no dejaban de mutilar mis pensamientos. Aticé el fuego moribundo, y por fin habló Bell.

—¿Qué opina usted de todo esto, amigo Bruce? —preguntó Bell, mientras miraba tranquilamente el techo de la sala.

—La pobre mujer ha sufrido mucho, evidentemente. Me temo que ella busca en lo fantástico un vestigio de esperanza que permita que su hermano siga con vida, cuando es claro que la realidad le ofrece un panorama mucho menos agradable.

—Ya en otras ocasiones, mi querido doctor Bruce, hemos visto que lo que es considerado realidad a menudo tiene más que ver con lo fantástico. Los casos así, como los de lady Worth, son los que me atraen más, precisamente por lo impredecible de su desenlace.

—¿Cuándo piensa comenzar la investigación del robo?

—En cuanto amaine la lluvia.

—Ha llovido por dos noches ya, y parece que a las anteriores se les sumará una tercera.

—Tiene usted razón, Bruce. No tiene caso esperar más. Recoja su abrigo y su sombrero. Iré a Willoughby Alley a traer un cochero.

—¡Por Dios, Bell! ¿A ésta hora, en éste clima? —dijo el doctor Bruce a Sherrinford Bell, pero sólo una puerta cerrándose pudo captar la pregunta del buen doctor. El reloj de la sala dio once campanadas, y Bruce contempló preocupado la noche londinense por la ventana, a la luz de los relámpagos.

Una vez dentro del coche, Bell y Bruce compartieron un minuto de silencio incómodo mientras se internaban en la ciudad de noche, compuesta de recia lluvia y sombras.

—¿Había visto usted al cielo tan enfadado con nosotros alguna vez, Bell? —dijo Bruce, mientras mantenía su vieja chistera sobre su cabeza con la mano izquierda.

—Bueno, el clima londinense nunca se ha distinguido por sus cálidos y calmados arrullos tropicales, doctor Bruce —respondió Bell, mientras encendía el quinqué— Ah, hemos llegado: La Mansión Worth. ¡Cochero, pare aquí!

Enfrentando a la tormenta, ambos hombres se encaminaron a la entrada de la mansión, donde Sherrinford Bell hizo un alto total. La luz de su quinqué reveló un círculo ambarino de lodo negro, con algunas huellas aún frescas, y un segmento de la reja negra que guarda la entrada a la mansión, que de otro modo hubiera sido indistinguible de la oscuridad que envolvía a esa casa. Los barrotes de la reja, gruesos como el pulgar de un hombre robusto, estaban forzados hacia los lados, del mismo modo que se dobla una camisa con sólo un botón abrochado. Bell examinó los barrotes, y pasó algunos minutos mirando las huellas en el lodo.

—¿Se da cuenta, doctor Bruce, de lo que nos indican estas huellas?

—Pues, si es que algo he aprendido de sus métodos, diría que los ladrones son descuidados al dejarlas aquí, donde es fácil ver su punto de entrada y su dirección al salir. Diríase entonces que hablamos de rufianes poco instruidos en sus artes funestas.

—Hablamos de descuido, sí, pero de ladrones, no. Aquí hay un sólo par de huellas, es decir, un sólo hombre. Este hombre, como bien refiere usted, es torpe, porque esta reja es fácil de escalar y los ladrones bien adiestrados saben cómo no dejar rastro de sus visitas, pero creo que nuestro intruso es torpe porque no necesita demostrar habilidad. Vea. Estas huellas nítidas, que demuestran su poca preocupación por cualquier contratiempo, son clara evidencia de ello.

—¿Cómo así, Bell?

—Estas huellas tienen al menos dos días de haber sido hechas, a juzgar por la profundidad y la consistencia del lodo.

—Tonterías, Bell. ¿Qué hombre dejaría huellas capaces de durar dos días en mitad de una tormenta?

—Un hombre lo bastante pesado como para hundirse dos pulgadas y media en el lodo, habiéndose parado aquí, a lo sumo, por un minuto.

—Un hombre así de gordo apenas y podría andar.

—Exactamente, por eso es que he decidido que es un hombre inusualmente corpulento, pero definitivamente no obeso. ¿Acaso esta fenomenal forma de doblar el hierro no habla de alguien con una fuerza física superior?

—¿Sugiere usted que esto fue hecho a mano limpia?

—En efecto, Bruce. Observe usted —dijo Sherrinford Bell, aferrando los lugares donde los barrotes se estrechan, y siendo capaz de abarcarlos a todos con sus manos empuñadas.

—Pe—pero eso no es lógico —dijo el doctor Bruce, justo antes de que un trueno ahogara las palabras de aquellos dos hombres con su estruendo, y un relámpago cercano mostrara a una persona caminando hacia ellos, proveniente de la mansión.

—¿Qué desean aquí? —preguntó, groseramente, un hombre delgado y arrugado, de tez muy clara, cabellos largos y escasos, y ojos hundidos— ¡Váyanse de aquí antes de que llame a un policía!

—Señor, hemos venido a petición de lady Worth. Permítame presentarme, soy el doctor Nigel Bruce, médico retirado, a sus órdenes. Este caballero que me acompaña es Sherrinford Bell, consultor de Scotland Yard y mi amigo personal.

—Mmhh... pasen —gruñó aquel hombre, haciendo una grotesca mueca imposible de descifrar, mientras sacaba el llavero de su saco y se disponía a abrir la entrada del portón

Sherrinford Bell se mantuvo detrás, prestando más atención al suelo que pisaba y a la mansión que al claro recelo que el hombre tenía para con los recién llegados. Eventualmente, pese a Bell, los hombres llegaron al refugio de la mansión, por fin exentos del torrencial aguacero.

La mansión Worth era una residencia bastante grande, cosa evidente en cuanto se entraba en el recibidor. Desde afuera apreciábase que estaba mal iluminada y sumida en penumbra, debo a un exceso de espacio y a una deficiencia en el número de lámparas. Más allá del recibidor, se atisbaban grandes paredes blancas, llenas de retratos adustos y bustos de mármol que vigilaban los corredores. Se adivinaba que el resto de las habitaciones estarían, como ésta, llenas de los lujos que uno esperaría en la casa de un lord inglés.

—¿Se encuentra aquí lady Worth? —preguntó Nigel Bruce al reacio anfitrión.

—No —respondió secamente el hombre— tras el robo, la señora decidió quedarse con una amiga suya, lady Musgrave. Vive en Paddington.

—¿Cuál es su nombre, señor? —preguntó Sherrinford Bell, mientras sacaba su caja de rapé y aspiraba una pizca.

—Soy Percy Shellby. Soy el cuidador y jardinero de esta mansión.

—Señor Shellby, veo que en la casa quedan no pocos muebles, lámparas y objetos exquisitos, una tentación fuerte para cualquier ladrón. ¿Por qué cree que fueron abandonados estos objetos?

—Porque los ladrones son unos idiotas.

—¿Usted cree? ¿Qué se llevaron de aquí?

—¡Bah! Se llevaron solamente ropa, libros, trastos viejos... bagatelas sin importancia de la habitación de la señora y del amo Worth.

—Sin importancia... para usted, amigo Shellby. Dígame más, todo esto es importantísimo.

—Este embrollo se antojaría como una broma tonta, si no fuera porque la señora está muerta de miedo —dijo Shellby, mientras secaba su duro rostro con un pañuelo viejo y raído— Los únicos lugares que presentan seña de robo son el viejo estudio de lord Worth, el desván y la habitación de la difunta señora Helena, que en paz descanse.

—¿Puede llevarnos a ver estos lugares? —preguntó Bell, totalmente absorto en el caso y ciego a la incomodidad que traía el asunto en Shellby y en el doctor Bruce.

—Hmmm... Síganme —dijo, forzado, el agrio Shellby.

El viejo Shellby llevó a Bell y a su compañero a los lugares deseados. Tanto el caos de la habitación de Elizabeth Worth, el completo vacío del tristemente célebre estudio de Adam Worth y el misterio del robo de varias cajas polvorientas del desván relevaban la misma cosa para Sherrinford Bell y para su amigo el doctor: Para Nigel Bruce, hablaban de un enigma demasiado extraño y sinuoso para intentar descifrarlo; para Bell, hablaban claramente de la historia de los acontecimientos, y de su posible futuro. Al sonar la primer campanada de la madrugada, Bell hizo la señal a su compañero de que era hora de partir, y se despidieron de un inexpresivo Shellby.

En el camino hacia la calle, Bell se frotaba las manos mientras trataba de divisar a un cochero en medio de la incesante lluvia. Bruce, más lento en su caminar, trató de seguirle el paso a su compañero, cuidando al mismo tiempo de no perder su chistera, o de resbalar en el lodo.

—¿Y bien? —dijo el doctor Bruce, más impaciente de lo que hubiera querido sonar— Ahora ¿A dónde iremos?

—Vamos a Whitehall, a buscar al Inspector Lestrade y a algunos de sus muchachos en Scotland Yard, y luego iremos tras el ladrón. Eso, a su vez, nos conducirá al hombre tras el ladrón. A propósito, ¿Trajo usted su pistola?

—Pues... sí —dijo el doctor, extrañado ante la curiosa pregunta de su amigo.

—Excelente. A Whitewall, entonces.

—Bell, nunca creí ver el día en que usted pediría ayuda para la resolución de un caso —dijo el doctor Bruce, genuinamente asombrado.

—Al contrario, mi buen doctor —dijo Bell, mientras hacía enfáticos movimientos hacia un despistado cochero que providencialmente dejo verse en mitad de la noche de tormenta— El apoyo de Lestrade es meramente como protección contra el corpulento aliado del hombre que buscamos, a quien seguramente encontraremos en nuestra escala final. ¡Cochero!

—Perdone usted, Bell, pero me temo que, en mitad de su disertación, me he perdido —dijo en franca confusión el doctor Nigel Bruce, mientras subía al coche que Bell había procurado— ¿Quién es este hombre detrás del robo en la Mansión Worth? ¿Dónde ha hallado usted indicio de su existencia?

—Hemos oído de él desde que éste intrigante caso nos fue propuesto, amigo Bruce. La misma lady Worth hizo mención de él.

—Le confieso que no adivino quién pueda ser, pero pronto lo sabré, al llegar a su domicilio.

—No vamos a su domicilio, doctor Bruce —dijo Sherrinford Bell, examinando casualmente su sombrero en busca de agujeros —sino a su lugar de trabajo.

—No puede ser ¿También eso pudo averiguar? ¿Y dónde es?

—En el cementerio de Bunhill Fields, el lugar de descanso de Helena Worth.

Era en la primavera del año de 1904 cuando todo Londres estuvo interesado, y el mundo de la elegancia desolado, por el asesinato de la honorable Violet Adler, joven protagonista de los más renombrados eventos de la vida social de Londres. También por la muerte de Irene Ferrier, hija del rico americano John Ferrier, y otras cuatro jóvenes mujeres más, que ojalá tengan a bien perdonarme, aunque de manera póstuma. Estaré siempre en deuda con estas damas, que con su deceso han hecho posible que coseche el fruto de más de diez años de esfuerzo.

En aquellos años de arduo estudio, con el escaso aval de media docena de textos al respecto, sólo podía lograr, si acaso, que la reanimación del sujeto se diese de manera limitada, condicionada a un flujo constante de electricidad (de intensidad desconocida para mí en aquel entonces) y a la utilización de las partes más frescas e intactas (materiales en extremo difíciles de procurar, y casi imposibles de conservar más allá de algunas horas). ¡Cuánto he aprendido desde entonces! El estudio de los estados humorísticos después del rigor mortis, así como la implementación y desarrollo de nuevas formas de almacenar y generar la tan requisitoria presencia de fluido eléctrico en las cantidades adecuadas han hecho de mi método de reanimación un proceso cabalmente científico, predecible, explicable y repetible. Nada debe ser dejado al azar durante el proceso. La compatibilidad humorística de los cuerpos elegidos para conformar el nuevo cuerpo, y aplicación de los sueros y fluidos en el momento exacto de la infusión eléctrica, son la llave al sueño que tanto tiempo busqué. Hoy en día, podría escribir un extenso libro a partir de todas las anotaciones y correcciones que he hecho al manuscrito de la Universidad de Ingolstadt, que hace tantos años me encaminó en la senda que ahora estoy recorriendo hasta sus pasos finales.

Estoy mucho más allá de donde llegaron mis precursores. El proceso de reanimación por fuerza requiere de más de un cuerpo, pero el día de hoy sólo requiero de dos especimenes para llevar a cabo el proceso. Si acaso solicité más, es para procurar una semejanza casi idéntica a la del anterior cuerpo de mi amada Helena, al tomar partes de estas mujeres que mejor emulen la apariencia de mi esposa. Hoy, he llevado el proceso de sutura e injerto a un nivel casi perfecto, difícilmente notable más que para un agudo observador. Pero eso no es nada en sí, porque no pienso crear una mujer sencillamente parecida a mi amada Helena. Pienso traer de vuelta a mi esposa. La clave está en la médula ósea, y en su empleo en el proceso químico de la reanimación. La médula contiene un humor que, tratado y destilado, puede valerse del poder de la corriente eléctrica para injertarse en el cerebro del nuevo cuerpo. De las cenizas, alzarás el vuelo nuevamente, Helena, radiante, no en llamas ígneas, sino en un aura eléctrica que le de vida a tus brazos muertos.

Volodnya, el primer sujeto exitosamente reanimado en aquella dramática tormenta similar a la que cae hoy sobre mi cabeza, me ayuda a colocar las varillas conductoras alrededor de la lápida, para luego dedicarse a cavar, haciendo buen uso de su prodigiosa fuerza. Cuando el ataúd de mi esposa es tocado por el agua incesante y por la luz de los rayos, hago que Volodnya saque el féretro y lo abra para mí. ¡Oh Helena, triste semblante te ha dado la muerte! Pero pronto sentirás tu corazón palpitar de nuevo, nuevo y mejor que antes. Juntos, Volodnya y yo, nos dedicamos industriosamente a completar el proceso. Él, yendo a la carroza por la plancha de cobre que servirá, a la vez, de pararrayos y de plancha para el paciente. Yo, extrayendo con sumo cuidado y exactitud lo que queda dentro de los restos de mi amada, y aprestándome a prepararlo dentro de la carroza antes de tenerlo listo como una inyección a la base de la nuca.

La tormenta arrecia, como exaltándose ante lo que ocurrirá en breves momentos y, como la primera vez, el cielo manda relámpagos como heraldos que me anuncian que la victoria está muy cercana.

Pero entonces, otra luz me anunció la proximidad de una amenaza a mi triunfo. La luz de varias lámparas de aceite, sujetadas por hombres que, de alguna manera, son capaces de saber que me encontraba aquí, pero incapaces de comprender lo que hago. Las voces de "Alto", y de "Aléjese de esa tumba", confirmaron el significado de la presencia de estos hombres. Tres policías, dos hombres con fachas de detectives y un hombre de aspecto escolástico, irrumpen en éste, el más crucial momento de este largo trayecto. Por suerte, al no poder creer en lo que veían cuando dirigieron sus luces hacia Volodnya, relajaron su guardia sobre mis acciones y, tras ordenar a Volodnya que emprenda un ataque frontal contra este grupo de pobres desgraciados. El espeluznante alarido de Volodnya, aunado a la total inefectividad de la detonación de unos tiros de arma de fuego en su propia carne (apenas notados por Volodnya) hicieron mella en la moral de mis perseguidores. Rápidamente me volví hacia mi amada, notando que la descarga eléctrica inminente no habría de tardar, procedí con la inyección de las sustancias necesarias.

La energización se ha dado una vez más, esta vez, ayudada por las varillas conductoras que mandé poner alrededor de la tumba. Mientras los hombres que me buscaron aquí luchaban contra Volodnya, el cielo retumbaba con furia y agua, y, tras unos momentos de incertidumbre, todo se volvió luz blanca. Al esclarecerse el destello del relámpago y el retumbar del trueno, vi actividad en la mano del sujeto yaciendo frente a mis ojos ¡El éxito, por fin el éxito! El cuerpo inerte en la plancha de cobre abre los ojos y se sacude violentamente, aunque por alguna razón, ésta que es mi Helena no gritó cuando las energías del rayo la hicieron nacer de nuevo, sino que se incorporó en silencio y, tras unos momentos de torpeza, se irguió graciosa como antes. Sus ojos, tan hermosos como me fue posible procurárselos, me miraban, y me reconocían. También reconocen su vestido, que muy a propósito mandé recuperar de la casa que alguna vez fue mi hogar. Aún no era lo bastante diestra para ponérselo sola, así que le ayudé.

Un alarido de pesar suple el que yo esperaba escuchar proveniente de mi recién revivida esposa. El hombre con aspecto de profesor universitario postrábase de rodillas en el lodo, y se lamentaba amargamente junto a cinco cuerpos inertes y maltrechos, los de los policías y los de los detectives, obviamente muertos por uno de los actos de brutalidad de los que es capaz Volodnya. Junto a él, Volodnya, inerte, yacía en el piso con un impacto de bala en la frente, que parece que fue capaz de acabar con su segunda vida. El cerebro, sin duda, se muestra una delicada parte vital del organismo, tanto antes como después de la reanimación. Volodnya, como a estas damas que hicieron posible mi reunión con mi mujer, también a ti te agradeceré siempre con sinceridad por tu sacrificio. Mi mujer sostenía mi mano, y mientras la protegía de la lluvia, el hombre de la pistola reparó en mí y en mi mujer, y nos apuntó.

Fue entonces cuando reconocí la mirada de desesperación y pena en los ojos de ese hombre, y le propuse un trato...

El teniente Gregson y los demás hombres en Scotland Yard me miraban con una mezcla de pena y repugnancia. Sollocé, y terminé mi relato mirando la punta de mis zapatos, como un muchacho pequeño teniendo que explicar el porqué de una ventana rota a su padre o profesor. Las mismas preguntas surgieron una y otra vez, y Gregson me amenazó una y otra vez con los peores castigos permitidos por la ley inglesa. Yo, por mi parte, sólo podía proveer la verdadera relación de los hechos, por insatisfactorios que éstos fueran. Un hombre del London Times vino a hacerme la misma serie de preguntas, a las cuales yo dije las mismas respuestas.

Me dijeron que mis pertenencias, así como las de Bell, fueron sacadas de nuestra residencia en el 112b de Breadmaker Street, y todos mis libros, incautados. Todo Londres estaba consternado ante mi crimen, y lo peor es que ni siquiera yo podía abogar por mí mismo. Sólo recibí un visitante, quien irrumpió en lágrimas apenas me vio, para ya no volver.

Decidieron no hacer público el descubrimiento de mi felonía, y el resultado funesto de mi locura debió estar preso hasta ser trasladado al campus de la Universidad de Londres, para su futura disección, sin duda alguna. Se me prometió un castigo ejemplar de parte de la corte que manejará mi caso, una sanción que con su sola referencia pusiera un alto a cualquier práctica semejante en el futuro. Sin duda, la justicia dictaría que tal punición cayera sobre alguien tan atroz como yo, pero creo que eso, a fin de cuentas, sería redundante. Mi mayor castigo está aquí, conmigo, en mi celda.

Y mi castigo me mira, balbuceando incoherencias que apenas puede articular. Su rostro, dividido en dos y crudamente cosido con alambre, recuerda a los de las personas con retraso mental, sólo que deformado más allá de lo que sería naturalmente posible. Los electrodos de cobre en su cuello, necesarios para la inducción de electricidad hacia el cerebro (la parte que más me interesaba salvar de mi amigo Bell) sobresalen groseramente de la piel de su cuello. Poco sirvió el desacrar sus facciones, ya que ahora, el fantástico cerebro de Sherrinford Bell es incapaz incluso de dar órdenes a los brazos del Inspector Lestrade, injertados en el cuerpo de mi amigo a causa de las múltiples fracturas severas en los brazos originales. El acoplamiento desigual de hombros y extremidades, y la apariencia monstruosa del que fuera mi mejor amigo, son sólo mi culpa. Una culpa demasiado grande para que sea juzgada por la ley de los hombres. Tomo la sábana de mi catre, enrollada a lo largo a manera de soga, y, ante la mirada incomprensiva de la quimera cadavérica sentada en mi celda, hago los amarres finales subido en un rústico banquito, antes de hacer la única cosa capaz de redimirme...

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